Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  05 de diciembre de 2011
  Antonio Ramos Espejo
  Todos somos Seisdedos
  Cuando entré en su casa, Mercedes Cruz seguía con su pañuelo de luto en la cabeza. Su mirada desconfiada ante el intruso se fue apagando en gestos de dolor y rabia. En ese invierno frío de 1978, ni la lluvia podía apagar los rescoldos que aún quedaban en el corazón de esta mujer callada y sufrida, como si el 12 de enero de 1933 fuera ayer mismo, en el momento aquel de la masacre, con el incendio de la choza y la muerte de todos sus ocupantes de la familia de Curro Cruz, Seisdedos.

Los terribles sucesos de Casas Viejas (Benalup de Sidonia). La represión de los campesinos, sacrificados por la utopía del movimiento revolucionario anarcosindicalista. Sólo dos adolescentes lograron sobrevivir al macabro espectáculo al escapar parapetados en la panza de una burra: Manuel Franco y María Silva Cruz, ambos nietos de Seisdedos. Los demás ocupantes no se libraron ni del fuego ni de las balas del pelotón comandado por el capitán Rojas -el mismo que años después intervendría en la detención de García Lorca (agosto de 1936)-, siguiendo instrucciones del Gobierno de Manuel Azaña. Murieron el abuelo, dos de sus hijos, su yerno, su nuera (Josefa Franco, de cuyos dos hijos, sólo pudo salvarse Manuel), además de otra joven, Manuela Lago... Nunca dejó Mercedes que se le contaminaran los recuerdos. "Aquí no habrá ni tele, ni radio, mientras yo viva", me decía la hija del legendario campesino, convertido, muy a su pesar, en el héroe de una historia que le tocó vivir como parte del sacrificio de los campesinos de la aldea del crimen, sacrificados también por el movimiento anarcosindicalista que los dejó solos en aquella hora extrema.

Manuel Franco, el marido de Mercedes, que se había escapado milagrosamente de la quema, fue quien me puso en contacto con aquellos regueros de vida que se salvaron de la primera muerte: María y Manuel. De María quedaba con vida su legado más importante, en San José del Valle. Y Manuel, el niño de trece años, vivía, ausente ya para la historia, en una barriada de Puerto Real. Desde que tuve la fortuna de conocer a estas familias honradas y dignas, nunca he logrado despegarme de sus historias ni de sus vidas.
"Nos sentimos orgullosos de llevar los seisdedos. Yo me he operado los de las manos. Pero los llevo en los pies. Mis hijas también los tienen operados. Cuando nació mi última niña, vino la enfermera a decirme algo y yo la corté para preguntarle: ¿Tiene los seisdedos? Y me dijo que sí. Y me sentí satisfecho. Lo llevamos con mucho orgullo. Fíjate si nosotros llevamos lo de Seisdedos a honra, que durante mucho tiempo he intentado tener un árbol con seis ramas en el patio, con los seisdedos.  Hasta que lo he conseguido. Si los vascos tienen con orgullo su árbol de Guernica, mi árbol es de seisdedos". Recuerdo las primeras palabras de Juan Pérez Silva, hijo de María Silva y del periodista Miguel Pérez Cordón. Juan mantiene vivo su árbol simbólico, la seña más preciosa de su identidad. (También Blas Infante plantó en su casa de Coria del Río un tocón quemado que encontró junto a la choza de Seisdedos pocos días después de la tragedia).

"Yo he sufrido de pequeño un gran complejo de inferioridad. Cuando jugaba con los niños me miraban como si fuera de una familia de delincuentes. Era como me miraban... Pero yo no he perdido mi tiempo. Y he ido en silencio cogiendo datos, atando cabos. He leído mucho y pensado, hasta tener mis propias conclusiones. Hasta que me he convencido de que  no es un delito que una persona opine. Mi padre y mi madre amaban la libertad; eran enemigos de la injusticia. Mi padre fue un hombre que jamás pisó un par. Yo soy un hombre amante de la justicia y he dedicado toda mi vida a buscar la verdad. Y creo que la he encontrado sobre este asunto". Para Juan, la historia no ha terminado. Vive para seguir reconstruyendo los pasos perdidos de las injusticias que le han marcado.

"La muerte de mi madre fue la más trágica. No es verdad tanta historieta como se ha escrito. A mi madre la mataron el 23 de agosto de 1936 en la Laguna de la Janda y está enterrada en Jerez de la Frontera. Primero habían ido a buscar a mi padre a nuestra casa de Paterna. Pero mi padre se escapó por el tejado. Se la llevaron a Medina. A mí me llevó con ella. Estuvo un tiempo detenida. Volvió a Paterna. La volvieron a detener y le hicieron un consejo de guerra. Fue entonces cuando me entregó a la hermana de mi padre, Francisca, que es la que me ha criado, como si fuera mi madre.... Mi padre llegó a capitán del Ejército republicano. Murió en un atentado que le hicieron  el 29 de abril en Cartagena..." De María Silva, llamada La Libertaria por la leyenda, quedó su hijo para no olvidar y honrar la memoria de sus padres.

Cuando encontré a Manuel Franco, el único superviviente y testigo de la choza de la muerte, no supe decirle por qué lo buscaba y me atrevía a remover los cimientos de su memoria y las heridas de su corazón. Sólo él sabía lo que allí dentro había ocurrido antes de escapar junto a su prima María. Aquel niño, que fue carbonero con su abuelo, jornalero en los campos de Paterna de Ribera y, por último, pintor de barcos en Puerto Real, nunca había hablado con un periodista. Había quedado olvidado de la historia, aunque lo perseguía obsesivamente la huella del crimen, que acabó con su familia: "Fue tan grande que todos los días lo pienso. No se me va de la cabeza. De noche, de día, en el trabajo...", me contó entonces.

Pero el periodista que osó entrar en su pequeño huerto quería conocer  más. Hablamos mucho de la familia, pero siempre tropezaba en el mismo muro: "Si alguna vez decido hablar, que no lo creo, de verdad, de verdad, que no lo creo, no se haga ilusiones... Será el primero en conocer el secreto". Le insistía y él. no dejaba de repetir: "Hasta la tumba. Me llevo lo llevo hasta la tumba. Yo soy el único que sabe la verdad. Todos murieron dentro, menos María y yo. Y a ella la mataron en la guerra". En cinco visitas más, en los años siguientes, lo volvía a intentar y siempre repetía: "La historia se viene conmigo a la tumba".

Manuel Franco murió con su secreto. Sólo me queda la duda de saber si Juan Pérez Silva,  sobre el que recae todo el peso de la tragedia familiar, y al que le quedan muchos interrogantes por investigar, es el heredero del secreto del niño que huyó junto a su madre de la choza en llamas. Se lo preguntaremos alguna de esas mañanas que dedica, con ese alma de pacifista rebelde y altruista, a sembrar flores en los parterres de su pueblo, ahora que se ha quedado solo ante la historia.
   
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