Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  25 de octubre de 2011
  Antonio Checa
  Félix Manuel Pérez Millares: "La política te quita la salud"
  Diputado por Huelva en las filas de UCD en 1977 y 1979, delegado del Gobierno en Andalucía, ministro de Trabajo, Félix Manuel Pérez Miyares (Nerva, 1936) es una de las figuras básicas de la Transición en Huelva. Un político con sentido del humor y capacidad de autocrítica. “La historia de mi vocación política es temprana” –explica Félix Manuel Pérez Miyares–, que narra en primera persona el proceso que va desde su licenciatura en Derecho a su ingreso en la politica activa  en aquellos momentos cruciales.

El sello de Nerva.
Yo desde niño he tenido mucho interés por los problemas sociales, por lo público, instintivamente está en mis genes de alguna manera. Yo soy de Nerva, aunque me fui muy joven, con cuatro años, a Huelva, pero en mi familia se respiraba aquel ambiente. El paisaje de Nerva es muy peculiar, es una población de trabajadores, allí no existía esa derecha conservadora andaluza, de base agraria. Allí la única realidad era la Compañía de Minas de Riotinto, que era inglesa, los ricos eran extranjeros, los pobres eran españoles. Nerva, además, es un pueblo que se construye sobre la disidencia: eran gentes que no querían residir en Riotinto, donde se vivía incluso en las casas bajo la autoridad de la Compañía, sus guardas tenían derechos a entrar en las viviendas y registrarlas, era un régimen típicamente colonial, y la gente que no quiso aguantar eso se fue a Nerva, que creció con una población digamos más rebelde. Además, mi padre, que era una persona liberal y que tuvo la suerte de pintar muy bien y conseguir entrar en la Compañía como dibujante y con empleo fijo, se decidió, sin embargo, a emigrar a los Estados Unidos con sólo 18 años. Yo me crié con una influencia enorme de ese ambiente de Nerva, aunque no viviera en la cuenca minera.

Estudié Derecho, que me pareció una profesión muy libre –luego la vida me ha llevado a ser un funcionario–, el primer curso en Sevilla, viviendo en el Colegio Mayor San Juan Bosco, y luego en Madrid el resto de la carrera. La vida universitaria sevillana era entonces pobre, me fui a Madrid y allí encontré un ambiente más amplio y me hice adicto a todo, era muy participativo, la carrera la hice regular. Una experiencia importante, y dura, la viví con un grupo de compañeros del colegio que ayudábamos los fines de semana a construir en el Pozo del Tío Raimundo. Nosotros transportábamos los ladrillos y hacíamos la mezcla. Nos trataban regular, como si fuéramos hijos del duque de Alba, aguanté un año. Mis amigos de la universidad eran casi todos de izquierda moderada, provenían de familias de derechas y muchos acabaron en el partido socialista. Yo me tengo por una persona progresista, no conservadora, aunque no tuve tentaciones de afiliarme a algún partido de izquierda, que era lo usual entonces en la clandestinidad. Teníamos un mercadeo de libros prohibidos, argentinos muchos, que yo devoraba, aunque ahora pienso que nos tragamos muchos peñazos. En Madrid la universidad era ya un mundo muy amplio, yo lo pasé muy bien aquellos años, creo que conozco España entera porque en Madrid me relacioné con personas de todas las procedencias, pero yo no supe que era andaluz hasta que llegué a Madrid, era un concepto que yo no manejaba. El concepto región, aquí dentro, no existía, eras de una provincia.

De los sindicatos a las Cortes. Terminé la carrera. Me seguía gustando mucho lo público, lo social, así que me especialicé en Derecho del Trabajo. Estaba pensando hacer oposiciones, aunque no era una opción que me ilusionase; entonces salió una plaza en Huelva de letrado sindical, me presenté y la gané. Pasé a ser abogado para las secciones sociales de la Organización Sindical, es decir, paso a ser abogado de los trabajadores y a defenderlos, durante cuatro años. Eso es en 1965, mi mujer es puericultora y entonces viajaba también por toda la provincia.

Cuando entro en la organización sindical descubro que tengo un diálogo cómodo con los trabajadores, me entienden y los entiendo, eso no lo percibo como capacidad política, sino como sensibilidad social, como campechanía. Yo no me hubiese metido nunca en política, mi padre siempre me dijo “no te apuntes a cosas, mantén tu libertad”. Y le había hecho caso.

Pero se convocan elecciones a Cortes por el tercio familiar, sería el 68. Yo estaba veraneando en Punta Umbría, y se me presentan en casa el presidente del Consejo Provincial de Trabajadores, Alfonso Aragón, con varios cargos sindicales. ¿Hay algún problema?, pregunto. “No, el problema es que tienes que presentarse a procurador en Cortes por el tercio familiar. Que además tú vas a ganar”. El gobernador civil es entonces Hernán Pérez Cubillas; Curro Zorrero Bolaños era presidente de la Diputación y subjefe provincial del Movimiento. Yo no era una persona hostil, porque estaba trabajando en la organización, era un funcionario que no daba guerra, pero tenía caché con los trabajadores y me mandaban a arreglar todos los problemas. Me presionan –“los trabajadores tenemos que tener a alguien”– y decido presentarme, y yo, que tenía un sueldo medio, tuve hasta que pedir un crédito, 20.000 pesetas, para poder hacer con el 600 algún viaje por la provincia.

Nos presentamos cuatro candidatos. Justo Bolaños, que luego fue presidente de la Caja de Ahorros, persona muy católica, primo del presidente de la Diputación, como visible candidato oficial, concurría también una persona que había sido inspector de trabajo de Huelva, Francisco Hidalgo Peñalver, que era jefe nacional de mutualidades, cargo entonces relevante, obviamente un paracaidista que mandaba Madrid y que llega a Huelva con coche oficial. Y se presenta también Felipe Martínez de Acuña, que fue mucho tiempo secretario de la Diputación.

Resulto elegido como segundo candidato más votado. Pero hay pucherazo, y cambian el voto para que salga el de Madrid. Es curioso, el día de las elecciones salgo a cenar como candidato elegido, según los números que figuran en las pizarras, y en unos minutos borran las pizarras y me informan que he quedado fuera. Pero a los pocos días me llaman desde Madrid, es un alto cargo de la Organización Sindical, David Pérez Puga, quien reconoce que ha sido una faena lo que se me ha hecho, y me ofrece un puesto en Madrid para asesorar a los propios procuradores. Voy a estar, por tanto, en el meollo del mundo político sin haberlo comido ni bebido. Ése es el día en que inicio mi periplo político.

En Jaén y Cádiz.
Al poco, sin embargo, llega Rodolfo Martín Villa a la organización sindical. Le hablan de mí y un día me llama y me dice: “Te voy a enviar de delegado a una provincia interesantísima, pero muy dura, Jaén. Y me añade: “Donde mandan los Solís de verdad no es Córdoba, como se cree, sino en Jaén”. Eso es el año 1970. Llego a Jaén, me rodeo de gente nueva, organizo los consejos comarcales, muevo a los muchos jiennenses ilustres que hay en Madrid, le quitamos a los Solís el control de la Cámara Sindical Agraria, reactivamos e inauguramos la nueva Casa Sindical. Me enamoré de Jaén y de los jiennenses, que me trataron de fábula. Estuve sólo tres años. Para mí fue un honor que el día que me nombraron ministro de Trabajo, el diario local titulara «Un ministro de Jaén».
La política es un veneno, te quita la salud, no te da grandes satisfacciones, aunque te engorda el ego. De Jaén me mandaron a Cádiz en 1973, era una provincia más compleja y conflictiva, estoy hasta la muerte de Franco, cuando me mandan a la provincia más difícil de España entonces, Guipúzcoa. Me toca una etapa durísima con asesinatos todas las semanas. Mi primer acto, al día siguiente de tomar posesión, fue asistir al entierro de un enlace sindical al que habían matado. Yo entonces me encontraba a comunistas, a Comisiones Obreras, que hacía concentraciones cada dos por tres en iglesias, pero lo que no veía –como me había ocurrido antes en Cádiz y en Jaén– eran socialistas. Estamos en 1976, yo llego a un acuerdo con los líderes sindicalistas, que a partir de entonces hacen sus protestas en la propia Casa Sindical, y consigo que se firmen los convenios colectivos. En esas, ya a principios de 1977, me llama Martín Villa, y me dice que Adolfo Suárez quiere conocerme. Nos entrevistamos y me pide que vaya a Huelva para organizar lo que va a ser UCD en la provincia. Era en marzo de 1977, yo tenía entonces 40 años.


Elecciones el 15-J.
Mi sorpresa al llegar a Huelva es que el gobernador civil está montando una candidatura, pero de AP. Y que enfrente está organizándose asimismo una candidatura muy fuerte del PSOE. Yo busco independientes, gente de mi edad, pero llego sin dinero, sin sedes, sin estructura, y lo paso mal para configurar esa candidatura. Recuerdo que un día entro en una cafetería, donde está la candidatura de AP en pleno y me saludan diciendo: “Bueno, Félix Manuel, ¿qué cargo quieres cuando nosotros lleguemos al gobierno?” Yo –les repliqué–, ordenanza de la cuarta planta.

Creo que el triunfo de UCD en Huelva estaba cantado, Huelva era entonces bastante interclasista, salvado algún pueblo como La Palma o algún casino, había poco empresariado autóctono, no había tampoco terratenientes como en Sevilla, a lo sumo algunos agricultores más adinerados, mucha homogeneidad y escaso proletariado Y creo también que había todavía en ese 1977 bastante miedo y que UCD recogió en parte ese miedo, ese recuerdo doloroso de la Guerra Civil. La gente votó sobre todo no a los enfrentamientos. Y eso lo simbolizaba el centro.
Sin embargo, la campaña fue lo más improvisada que cabe imaginar. Recuerdo que fuimos a dar un mítin en Cumbres Mayores, donde yo había llamado a unos amigos para que nos lo organizaran. No sé cómo, pero siempre los dábamos en el peor sitio imaginable, sin megafonía ni medios. Cuando vamos al lugar, nos encontramos un matadero fuera de servicio. Casi un búnker, húmedo, con olor a salmuera, vacío. Nos ponen unas sillas de enea para los oradores, y que el público nos escuche de pie, de un bar cercano conseguimos al menos una docena de sillas. Pero allí no llegaba nadie. Yo me decido a hablar al menos para los que me acompañaban, comienzo y alguien asoma la cabeza y se anima a entrar,  le siguen otros, al final eran al menos una treintena. Nuestra gente no quería mítines, buscaba una labor más personalizada. Suárez encarnó muy bien ese deseo de centro, de ausencia de tensión. Y ése fue el eje del éxito. Conseguimos cuatro escaños en el Congreso y tres senadores.

Hacia la autonomía.
Llegué al Congreso. No me impactó el edificio, que ya conocía, pero recuerdo la sorpresa al encontrarnos con una ausencia total de servicios. Había que hacer cola para hablar por teléfono. Apenas había despachos. Una falta de medios que evidenciaba la escasa o nula vitalidad que aquel edificio había tenido en el franquismo. Y me impactaron algunas personas, como La Pasionaria, de la que tenía mala opinión, como una persona incendiaria. Pero me encontré a una anciana alta, con el pelo recogido, vestida de negro; la saludé, le dije que era de la Cuenca Minera de Nerva, donde ella había dado mítines antes de la guerra, y aún recuerdo su mirada penetrante. Presidió la sesión de apertura, como diputada de más edad. Me impresionaron los comunistas mayores, varios venían casi directamente de la cárcel, fueron muy constructivos y al mismo tiempo enérgicos, y vestidos muy correctamente, lo que no se podía decir de los socialistas. Creo que Santiago Carrillo ha sido una de las personas  que ha prestado más importantes servicios a España en la Transición.

¿El proceso autonómico? En la UCD andaluza de la Transición había dos sectores definidos. Los centristas de Andalucía occidental eran claramente autonomistas, los de Andalucía oriental no. Sobre todo un Giménez Blanco, en Granada, o un Gómez Angulo, en Almería. Costó trabajo crear la UCD de Andalucía, con Manuel Clavero como indiscutido presidente. Clavero me llamó porque quería que yo fuera el vicepresidente. Hablamos. Yo estaba de acuerdo con él en que Andalucía no se tragaba una seudoautonomía, que nosotros no íbamos a consentir una autonomía de primera sólo para tres comunidades. Y recuerdo que llevamos a una reunión en Granada, que se celebró en el Parador de San Francisco junto a La Alhambra, la propuesta de la UCD de que Andalucía tuviese autonomía por el artículo 151. Y salió, aun con las dificultades que es de suponer.

La UCD tenía, pues, un compromiso con la autonomía. Con la autonomía plena. Pero ¿qué ocurre? Que se elabora un informe del ministerio dirigido por Rodolfo Martín Villa, que lo lleva al comité ejecutivo de UCD y en el que se alerta de las consecuencias de una eclosión de autonomías del 151, tras Andalucía. Y se decide que las comunidades históricas que ya habían tenido su proceso autonómico, sigan un camino y el resto otro, más largo, pero con un techo final igual para todos. Ése es el compromiso al que se llega en un debate durísimo, en el que Manuel Clavero, Soledad Becerril y yo llevamos gran parte del debate, a favor de la autonomía plena, en el hotel Monterreal de Madrid.

Cuando Rodolfo Martín Villa plantea que no hay forma de asumir la gestión de una España autonómica como se dibujaba –no hay que olvidar que el Estado entonces era muy débil–, que no hay capacidad administrativa para eso, nos mete en esa batalla. En el seno del PSOE había personas –como Gregorio Peces Barba– que coincidían en lo esencial de ese análisis, pero Rafael Escuredo con su huelga de hambre y los municipios que comienzan a pedir la autonomía por el 151 cambian todo. La UCD era entonces, como fue siempre, un partido cosido con alfileres. Clavero se va, a mí me nombran presidente del partido en Andalucía, y se decide aguantar el tirón. Los acontecimientos se precipitaron. Yo me encontré en esa situación de estar sentado en una silla contraria de la mía.

¿El 23-F? El intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 sigue recordando Pérez Millares– me llega siendo ministro de Trabajo y sentado en el banco del Gobierno en el Congreso de los Diputados. Yo soy, probablemente, el único allí que conoce a Tejero. Cuando era delegado de la Organización Sindical en San Sebastián, Tejero era el jefe de la comandancia de la Guardia Civil, coincidimos en reuniones de orden público. Y en una muy importante, la que organizamos para debatir la legalización de la ikurriña, que estaba en todos los balcones y en todos los puentes, eran días en que colocaban una ikurriña en un poste de telégrafos con una bomba trampa y al guardia civil que iba a retirarla le estallaba el artefacto, murieron así no menos de quince. Yo intervine a favor de la legalización, se legaliza efectivamente y al poco Tejero manda un telegrama de choteo a Martín Villa, entonces ministro del Interior, en la que dice: “Ruego a vuecencia me indique qué honores de ordenanza debo rendir a la ikurriña”. Lo cesan, claro, y no tienen otra ocurrencia que mandarlo primero a Málaga, donde está la célula más ultra del Movimiento, bajo los auspicios de Girón de Velasco y sus cachorros –Tejero llega a Málaga y lo tratan como un héroe–, y luego darle un destino administrativo en el propio Madrid.

Cuando estamos sentados en el Congreso, primero oímos roturas de cristales, se dice que han entrado guardias civiles porque se ha infiltrado gente de ETA, pero cuando veo entrar a Tejero, ya antes de que comience a gritar “al suelo todo el mundo”, digo “¡Pero si es Tejero!”, y Pío Cabanillas, que está a mi lado, me pregunta “¿Pero quien es Tejero?”, “Pues un golpista”, le respondo, y comprendo al instante lo que pasa.

Vivimos momentos terribles, como esa ignominia de intentar derribar a Gutiérrez Mellado, el propio aspecto de los guardias era bananero, había guardias civiles de automovilismo, de intendencia, de oficinas, había guardias con tricornio, otros con gorra, con indumentaria cuartelera, con sahariana, todos muy nerviosos. Hubo momentos francamente malos, aquello al principio tenía muy mala pinta. No sabíamos que pasaba fuera, hasta que Fernando Abril Martorell, que había conseguido una radio de petaca, comenzó a pasar información. Me consta que Santiago Carrillo, vigilado por un guardia civil muy inquieto, estuvo a punto de recibir algún tiro. Aquellos guardias civiles se bebieron todo lo que había en el bar del Congreso. Tejero, temeroso de que desde fuera del Congreso se cortase la luz, dio orden de amontonar sobre la mesa de los taquígrafos crines de sillas y elementos que ardiesen y que si se cortaba la luz le prendiesen fuego y disparasen a todo lo que se moviese. Fueron muchas horas, horas en que repasas toda tu vida, en que piensas de todo, y reflexionas sobre ti, sobre el país. Hubo con todo quien, como Pío Cabanillas, mantuvo el sentido del humor. Yo llegué hasta dormir unas horas de madrugada, cuando aquello se estancó.

¿Qué pasó en Huelva? Hubo muchos políticos de la izquierda que salieron corriendo hacia Portugal o se escondieron esperando poder hacerlo. En muchos sectores del PSOE se pensó que el golpe podía triunfar. En UCD la gente se refugió en sus casas, pero creo que sin conciencia de que peligrasen sus vidas, de que los fuesen a matar. Hubo dirigentes de UCD que llamaron a otros del PSOE para ofrecerle su casa. En la mía estuvieron con mi familia varios amigos, a la espera de acontecimientos, pero sin pensar que peligraran sus vidas.

¿Un balance de la Transición en Huelva? Huelva, donde a todo forastero se acoge muy bien, ha vivido algo adormecida, sumida en su propia belleza, aquí la gente se ha dedicado a disfrutar, a acomodarse a lo que tiene sin ambición, como suelen ocurrir en los países atrasados. En Huelva no hay grandes capitales, eso es verdad, dependemos del dinero de fuera. Los andaluces, sin embargo, nos hemos partido los cuernos cuando en Cataluña o en Alemania hemos visto posibilidades. La Transición, en Huelva, fue tranquila, con buena relación entre los políticos. Huelva es un ejemplo de esa España de la concordia. Jaén o Cádiz son sociedades mucho más tensas. Huelva se acomoda a la realidad, administra con prudencia y sosiego el tiempo que le toca vivir. Huelva no es de derechas o de izquierdas, es moderada. En esos años había muchas esperanzas de cambio que no se han cumplido.
   
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