Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
31 de octubre de 2014
 

 
  botón inicio botón contacta botón mapa web
foto cabecera
titulo cabecera

 
 
menu
PROVINCIAS
MONOGRÁFICOS
- Adiós al Hollywood europeo
- A donde habite el olvido
- Alfonso Canales, cronista cultural de Málaga
- Alfonso Grosso, entre balas y merengues
- Almería en tres miradas
- Antonio Gala no ha sido asesinado en Murcia
- Antonio Mozo, el innovador
- Asunción Andaluza
-
TROFEOS DISPUTADOS ENTRE 1973 Y 1983

- Caídas y más que caídas
- Caídos sin nombre
- Campo de sangre
- Cántico de Córdoba
- Centenario del nacimiento de Juan Ramón Jiménez
- Cerrado ante la justicia, abierto ante la historia
- Del olvido a la gloria
- Deporte, de la jerarquía a la democracia
- Despiertan los medios de comunicación
- Domínguez Ortiz, cita con la historia
- "Donde se vive y se muere fuera"
- Eduardo Chinarro, el periodismo laboral
- El arte al alba
- El Centenario de Vázquez Díaz
- El Correo de Andalucía en Huelva
- El fin de los monopolios
- El flamenco en la Transición
- El islote de Saltés
- El nacimiento del Festival de Cine Iberoamericano
- El reportero Sebastián Cuevas
- El torero que revolucionó las masas
- En el nombre de Jarcha, libertad sin ira
- En homenaje al maestro Ladis
- Entrevista a Antonio Gala

Diálogo del desamor

- ¿Estamos preparados para el cambio?
- Huelva canta libertad
- Huelva y la música
- José Gálvez Manzano populariza el billar
- José Prieto Escaso, arquero olímpico
- Juan Diego borda su venganza
- La creación nunca duerme
- La década gloriosa del Trofeo colombino
- La esquina de Pepe Jiménez
- La herida de Federico Villagrán
- La mirada de Ricardo
- La princesa comunista
- La radio del transistor
- Las voces prohibidas
- La Transición acelera el reciclaje de los periodistas
- La Transición de los periodistas
- La Transición en las librerías malagueñas
- Los interrogantes de Antonio Burgos
- Medios: la renovación inconclusa
- Nadie sabía nada
- Noche de guardia
- Pedro y Pablo en la Tasca del Matías
- Picasso, principio y fin
- Pudo ser un sueño, pero fue realidad
- ¡Que vienen, que vienen!
- "Se hace talento al andar"
- Semblanza/ Manuel Benítez 'El Cordobés'

Un flequillo le leyenda en la España de los 'seìllas'

- Távora en esencia
- Tránsitos
- Una irrepetible complicidad
- Un festival "rojo" en el franquismo
- Un lienzo pendiente
- ¡Viva Andalucía viva!
CIUDADES RELEVANTES
 

INICIO > PROVINCIAS > > EPÍLOGO
 
botón introducción botón crónicas botón conversaciones botón artículos botón epílogo botón fotos  
  Todos los nombres
  Francisco Romacho
  En el sueño están todos: los que ganaron el presente y perdieron el futuro; los que ganaron el futuro galopando sobre el presente, los que perdieron el presente y el futuro a pesar de su pasado y los más, que fueron engullidos por las gateras del olvido. En el sueño están todos los nombres: los vivos y los muertos; nombres como cantautores,  nombres como poetas y escritores, nombres como sindicalistas, nombres como ciudadanos, nombres como nombres que hicieron lo que tuvieron que hacer, que aceptaron su íntima responsabilidad con su tiempo. Nombres cuyo gramo de épica fue votar y aprender sin miedos que su mismidad con los otros es la política, que los ojos francos de los demás son la política. En los últimos meses del 83, el azucarillo del sueño se disuelve en las aguas mansas de la cotidianeidad y los políticos (los nuestros, nuestros espejos) tienen ante sí el elegante fastidio de gestionarla: habíamos conquistado la libertad con una tasa de inflación del 12 %. Hete ahí una tarea.

Pero en Granada nada acaba de terminar y el sueño tiene aún latigazos de pesadilla,  la misma  pesadilla de Angelina cuando intuye que han fusilado a Lorca (“me dijeron que por allí no había pasado Federico, entonces me figuré...”).  En mayo del 84, un grupo de ultraderechistas pertrechados  con el armamento habitual (el kit incluye pistola, porras, palos y crucifijo) interrumpe la representación de un pasacalles del grupo Els Comediant agrediendo a los espectadores. Lo más grave de aquel rebrote de violencia fascista fue la impunidad con la que actuaron los pistoleros, algunos de ellos muy conocidos en ciertos ambientes policiales de la ciudad. Y la actitud de la nueva derecha, con el cordón umbilical del franquismo recién cortado, empeñada en seguir disparando con la religión. Aquello le costó el puesto a la autoridad gubernativa, cuya titularidad ostentaba con primor de detalle en las relaciones públicas y absoluto desastre en el orden público, José Guirao Martínez, primer gobernador socialista de la transición. En aquella época, el puesto de gobernador civil de Granada conoció cotas espectaculares de precariedad en el empleo.

La pesadilla continuó con ataques selectivos a sedes de los partidos políticos de izquierda a lo largo de todo el año y amenazas, que se cumplieron, contra Diario de Granada. En febrero del 85, el kiosco de prensa de la Plaza de Gracia fue incendiado por un grupo de facinerosos. Estaban indignados porque el periódico había sacado a la luz una semana antes la historia verdadera de un subcomisario de policía que, en estado ebrio y acompañado de dos camaradas, obligó a la nutrida concurrencia de una whiskería del Pasaje Recogidas a cantar el Cara al sol y dedicarles cariñosos recuerdos a la madre de Felipe González y de los rojos en general. A la publicación con pelos y señales de aquella borrachera patriótica siguió una campaña intimidatoria contra los kioscos por vender el diario. Pero las caricias no venían sólo de la extrema derecha y sus conexiones policiales. Lo más rancio de la judicatura granadina, encarnado en el presidente de la Audiencia, Rafael Caballero Bonald, se empleó en profundidad  con algunos jóvenes periodistas y con el articulista y funcionario de prisiones Salvador Alonso. Caballero estuvo muy bien asistido por el fiscal jefe que, entre otras hazañas, se querelló de oficio contra el periódico por escribir que el director de la cárcel era “carabanchelero”, esto es, del barrio madrileñísimo de Carabanchel, cosa absolutamente cierta. Total, dos meses y un día. Y medio kilo de entonces. En el banquillo se sentó también la mismísima concejala de Cultura, Mariló García Cotarelo, a propósito de unos cómics que le hicieron poca gracia a las togas profundas.

Si la pesadilla de Angelina estuvo en la piel de Paco Portillo, en la del cura Quitián, en la de María Izquierdo, en la de Roberto Mayoral, en la de Cándida Martínez, en la de Cid de la Rosa, en la de Daniel Maldonado, en la de García Rúa, en la de Paco Moyano y su regomello aún se posa sobre los ecos de las madrugadas negras de la ciudad, el sueño se alimentó de los nombres que “hicieron su parte” del trato. Es la hora del corazón de Carlos Cano, en todas las quimeras, buscando Macondo en Plaza Nueva, luchando por sobrevivirle a la Verdiblanca, contradictorio y preso de una ciudad de la que tiene que huir para volver con su música fresca y su temblor de nuevos hallazgos. Carlos sabe que hay algo en su voz, una majestuosa ternura que trascenderá en el tiempo, por eso le fintaba hasta el final. Es la hora del primer Antonio Muñoz Molina, robinsón perdido en el laberinto urbano, literatura de precisión. De Luis García Montero, para siempre a Alberti concernido; del Quisquete más lúcido, de Antonio Carvajal, de Alvaro Salvador, de Juan Carlos Rodríguez, de Antonio García Rodelas. De Enrique Moratalla y de Raulito Alcover, los benjamines de aquella camada prodigiosa, siempre detrás de sus propios pasos haciendo canción. Para ellos y otros muchos que la memoria no alcanza a visitar, vivos y muertos, la Granada que se ensancha y universaliza tiene la voz delicada de Isabel García Lorca, que hizo su papel hasta el final, y de Juan de Loxa, de cuyo batallar incesante son hoy las aleluyas y la casa de Fuente Vaqueros y la Huerta ya para siempre con los balcones abiertos.
  
Es la hora de Andrés Villalta, siempre templado, siempre detrás de los focos, gerenciando aquella hoguera de vanidades. Mientras duró la masilla del poder, cinco años cinco, de Mayor Zaragoza a Íñigo Cavero, allá al fondo de la batalla, recogiendo los restos de naufragios y los ecos de las maldiciones, Andrés Villalta del Palacio, secretario general, anotador de altas y bajas, expresión absoluta del centro posible, concentración excepcional del milagro. El mérito, visto con los años, se acrecienta: era religión para el periodismo de entonces arrear un día sí y otro también al mono centrista, grande o pequeño, senador o diputado, concejal o entrado en carnes. Nunca tantos adjetivos fueron usados para la misma cosa: toda la artillería de todas las olivettis, todos los plagios desde Machado a Bukowski y los titulares de tacón acababan en Severo Ochoa, sede inolvidable de la conspiración permanente. Lejos de la ira o el arrebato, lejos de los tribunales y los abogados, la muchachada centrista respondía con sonrisas, mejillas y un cubata en el bar de la esquina; salían a la política como los mártires cristianos a los leones: sin más protección que el chaleco de subsecretario y la ciega fe de los conversos. Andrés Villalta, en sus soledades, sufría y se desternillaba a un par. Como Antonio Iglesias, fiel de Suárez hasta el final; como Jaime Mansilla, como Antonio Pipó, como Juan Santaella,  todos los fines de semana esperando a que a Arturo Moya nos lo hicieran ministro.

Su parte del trato y más pusieron los comunistas hasta que los bajonazos electorales y el carrillismo, que tuvo en Granada su epicentro, trajeron otros tiempos para la lírica de Anguita. En aquel camino de los principios, Damián Pretel y Jaime Ballesteros, de la casa madre rusa; en las duras, Javier Terriente, navegando en las crisis, juntos podemos, viendo como los socialistas se llevaban a manos llenas los réditos de la izquierda clandestina; en las maduras José Miguel Castillo, de cuya notoria influencia en los cortejos y protocolos hablarán los siglos. Hizo el trato Concha Félez, una de las primeras comunistas activas de la Universidad con tanto tino que su nombre estaba en la lista que quisieron sacar a pasear la madrugada del 24 de febrero. El hombre metáfora de aquella generación es Rafael Fernández Píñar y Afán de Ribera, comunista de extracción burguesa, niños bien que tuvieron la osadía y la generosidad de anteponer su militancia y su convicciones ideológicas a cualquier consideración personal, abogado laboralista que acabó, como tantos peceros de entones, como Antonio Cruz, en la otra orilla. Tenía Ra-fael ese atractivo que trajina las pasiones y era a la ciudad una especie de relación dependiente del tal forma que la una sin el otro carecía de sentido.

Aunque eclipsada por la personalidad de Arturo González Arcas y la simpatía de Eladio Fernández Nieto, Fermina Puertas concita como nadie la memoria de  aquellos días de fulgor en la victoria y determinación en la renuncia que dramatizaron los andalucistas granadinos. Con ella y con Paco Sánchez, Juan Millás y Concha Fernández  se esfumó un rastro de muchos nombres y votos que parecían haber encontrado confortable acomodo en el nacionalismo de izquierda.
 
Galoparon sobre el presente y ganaron el futuro. Dos décadas después del sueño Torres Vela, Rafael Estrella, Antonio María Claret García, María Izquierdo, Jesús Quero, Manolo Pezzi, Angel Díaz, siguen siendo, de una u otra manera, nombres de los nombres. En el trayecto se esfumaron, de una manera u otra, Diego Hurtado, Enrique Cobo, Manuel Martín, Pepe Vida, Fernández Montesinos, Ladrón de Guevara, Antonio Jara. Y se quedó Juan José Ruiz Rico. Maravilloso profesor/agitador; novelista al sur de su hoguera, adorable conversador, punto desastre, punto progre, siempre consciente de su levedad. Ruiz Rico nunca perdió, en el juego de equilibrios de la política, la universidad y la literatura, su especialísima condición de personaje de sí mismo.
   
El paradigma de la transición es que no hay paradigma. Como en los sueños, el juego de las sumas y las restas, la vigilia de las vanidades y los olvidos más o menos canallas no le restan un ápice de autenticidad. En el territorio de los sueños las heroicidades tienen  nombres propios (Antonio Huertas Remigio, Cristóbal Ibáñez Encinas, Manuel Sánchez Mesa) y lugares comunes: una carrera delante de los grises en Fuente Nueva y un beso en la penumbra de las casetas del Corpus del Salón; un mitin en Bib-rambla con la piel erizada y una noche en el Sacromonte con los botos, la pelliza, Serrat y Paco Ibáñez; una manifestación no nos moverán y un bocata al amanecer en el drugstore de Teresa. En el territorio de los sueños están todos los nombres y hay días, en los que, si te fijas, te puedes encontrar a Ruiz Rico en la puerta de Derecho, a Fernández Píñar en los soportales de Ganivet, a Andres Villalta bajando por Recogidas, a Juan Gálvez pegando pasquines en el polígono, a Rafa Villegas recitando poemas surrealistas en el Zaidín y a Carlos Cano en la Alacena de las monjas. En el territorio de los sueños es más suyo que nunca el paisaje de la ciudad.
   
  pagina anterior pagina siguiente
 
 
   
 
  Inicio | contacto | mapa web   Transición