22 de agosto de 2017
 

 
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  José luis Ortiz Nuevo
  La Cultura (Sevilla)
  Tránsitos
  Como suele decirse parece que fue ayer cuando pasó y, sin embargo, todo aquello resulta ahora la mar de lejano, remoto en la cueva del tiempo. Así fuera una ensoñación y no el recuerdo de lo sucedido. Pero ver l´ahí que sobrevino la Transición –de veras– como un viento suave que cambia el rumbo de las cosas, de algunas cosas. Como no hubo derrumbe del antiguo régimen, ni revolución ni caos, el camino se hizo con cierto sosiego, ordenadamente hacia la democracia recuperada, más por el deceso del general y su mundo que por el logro de los pueblos y sus representantes políticos.
Andalucía era entonces para nosotros –los andalucistas– el paraíso perdido y la patria utópica. Un territorio vertebrado por el esplendor y el atraso, pero no por la conciencia de su gente, de su posible poder y de su fuerza. A la mano teníamos el ejemplo catalán, su firme determinación a ser por sus valores; y el congreso de cultura que celebraban exitosamente nos dio pie para impulsar el nuestro, inspirados en su procedimiento y objetivos. Así sucedió.
Un servidor fue quien sugirió a Emilio Pérez Ruiz –dirigente del PSA– la iniciativa, y él con suma diligencia la puso en práctica. Se acarrearon entusiasmos y trabajos. De muchos lados, territorios y tendencias. Y en Córdoba, cuando se abrió formalmente bajo los arcos de la Mezquita, el maestro Antonio Gala sentenció un bellísimo discurso. Luego todo iría de las comisiones al olvido.
También ocurrió que, de seguida, tuvimos que ocuparnos en gestionar los ayuntamientos. Pasar de la agitación y propaganda a la administración de recursos escasos. Torear no –de salón– con las ideas sino –en la plaza– con las necesidades y exigencias vecinales, y con los presupuestos. En coaliciones de izquierda (PCA, PSA, PSOE) que, en ciudades como Sevilla, –entre crisis de unos y otros– eran más bien desavenidas, como de matrimonio tripartito en crisis desde la noche de bodas.
Entonces nos entretuvimos mucho en recuperar, que estaba en moda. También cumplimos sobradamente con las fiestas, en sintonía con el pueblo que tanto las ama. Y servimos a costumbres y prototipos tradicionales, a veces muy tradicionales y con claro acento conservador y religioso. Claro que a la vez otro sí se procuró un acercamiento a la modernidad, a lo contemporáneo y al futuro.
En el empeño de aunar tradición y vanguardia, el fomento del turismo y el desarrollo del arte, nació la Bienal de Flamenco. Por iniciativa municipal, siendo alcalde Luis Uruñuela. La primera fue en 1980, por primavera, entre Semana Santa y Feria, para atraer y distraer aún más a los forasteros. Pretendíamos en aquella hora, con más voluntarismo que disponibilidades, algo nuevo y distinto, que no fuese un mero festival de festivales flamencos, y sí un encuentro del arte consigo mismo y con las demás artes, para mostrar lo mejor de sí al mundo.
Supuso en aquel tiempo el inicio de un cambio general en el concepto y presentación de los espectáculos. Un revulsivo. Un camino a seguir que entonces siguieron pocos. Tal vez también por haber venido a la vida en Sevilla, que ya principiaba a recibir castigo de todas las demás Andalucías.
Pese a todo, superando adversidades y contrariedades, afianzó sus pasos hasta llegar a convertirse en un referente capital del género. Un consolidado evento que a comienzos del siglo XXI es como un faro, una luz y un rumbo. A remate cuentas una herencia vigente, un testigo histórico de todo cuanto comenzó a ser hace tres décadas, tras la muerte de Franco y el ordenado advenimiento de los tránsitos.


* José Luis Ortiz Nuevo es escritor y periodista
   
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