23 de octubre de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > Domínguez Ortiz, cita con la historia
 
  Antonio Ramos Espejo
  La Cultura (Sevilla)
  Domínguez Ortiz, cita con la historia
 
Como suele decirse parece que fue ayer cuando pasó y, sin embargo, todo aquello resulta ahora la mar de lejano, remoto en la cueva del tiempo. Así fuera una ensoñación y no el recuerdo de lo sucedido. Pero ver l´ahí que sobrevino la Transición –de veras– como un viento suave que cambia el rumbo de las cosas, de algunas cosas. Como no hubo derrumbe del antiguo régimen, ni revolución ni caos, el camino se hizo con cierto sosiego, ordenadamente hacia la democracia recuperada, más por el deceso del general y su mundo que por el logro de los pueblos y sus representantes políticos.
Andalucía era entonces para nosotros –los andalucistas– el paraíso perdido y la patria utópica. Un territorio vertebrado por el esplendor y el atraso, pero no por la conciencia de su gente, de su posible poder y de su fuerza. A la mano teníamos el ejemplo catalán, su firme determinación a ser por sus valores; y el congreso de cultura que celebraban exitosamente nos dio pie para impulsar el nuestro, inspirados en su procedimiento y objetivos. Así sucedió.
Un servidor fue quien sugirió a Emilio Pérez Ruiz –dirigente del PSA– la iniciativa, y él con suma diligencia la puso en práctica. Se acarrearon entusiasmos y trabajos. De muchos lados, territorios y tendencias. Y en Córdoba, cuando se abrió formalmente bajo los arcos de la Mezquita, el maestro Antonio Gala sentenció un bellísimo discurso. Luego todo iría de las comisiones al olvido.
También ocurrió que, de seguida, tuvimos que ocuparnos en gestionar los ayuntamientos. Pasar de la agitación y propaganda a la administración de recursos escasos. Torear no –de salón– con las ideas sino –en la plaza– con las necesidades y exigencias vecinales, y con los presupuestos. En coaliciones de izquierda (PCA, PSA, PSOE) que, en ciudades como Sevilla, –entre crisis de unos y otros– eran más bien desavenidas, como de matrimonio tripartito en crisis desde la noche de bodas.
Entonces nos entretuvimos mucho en recuperar, que estaba en moda. También cumplimos sobradamente con las fiestas, en sintonía con el pueblo que tanto las ama. Y servimos a costumbres y prototipos tradicionales, a veces muy tradicionales y con claro acento conservador y religioso. Claro que a la vez otro sí se procuró un acercamiento a la modernidad, a lo contemporáneo y al futuro.
En el empeño de aunar tradición y vanguardia, el fomento del turismo y el desarrollo del arte, nació la Bienal de Flamenco. Por iniciativa municipal, siendo alcalde Luis Uruñuela. La primera fue en 1980, por primavera, entre Semana Santa y Feria, para atraer y distraer aún más a los forasteros. Pretendíamos en aquella hora, con más voluntarismo que disponibilidades, algo nuevo y distinto, que no fuese un mero festival de festivales flamencos, y sí un encuentro del arte consigo mismo y con las demás artes, para mostrar lo mejor de sí al mundo.
Supuso en aquel tiempo el inicio de un cambio general en el concepto y presentación de los espectáculos. Un revulsivo. Un camino a seguir que entonces siguieron pocos. Tal vez también por haber venido a la vida en Sevilla, que ya principiaba a recibir castigo de todas las demás Andalucías.
Pese a todo, superando adversidades y contrariedades, afianzó sus pasos hasta llegar a convertirse en un referente capital del género. Un consolidado evento que a comienzos del siglo XXI es como un faro, una luz y un rumbo. A remate cuentas una herencia vigente, un testigo histórico de todo cuanto comenzó a ser hace tres décadas, tras la muerte de Franco y el ordenado advenimiento de los tránsitos.


* José Luis Ortiz Nuevo es escritor y periodista

La historia de Andalucía necesitaba de manera apremiante emprender el ajuste de cuentas con su historia. Al filo ya del último año de la dictadura, en diciembre de 1976, el I Congreso de Historia de Andalucía, organizado por las universidades de Córdoba, Sevilla, Málaga y Granada, significó, como meses antes había sucedido con el Congreso de Cultura, un aldabonazo para despertar la conciencia de un pueblo. Nunca antes se había llegado a esa cumbre, a pesar, como denunció su presidente, el sevillano José Manuel Cuenca Toribio, de las trabas que se pusieron para enturbiar las buenas intenciones de los grupos de historiadores que habían acudido a analizar, desde dentro y desde fuera, esta profunda mirada de Andalucía. Ya había grandes historiadores que estaban embarcados seriamente en esa aventura, silenciosa y tenaz en algunos casos, y a contracorriente y crítica en otros. ¿Es Andalucía un pueblo? Era un pueblo al que se le negaba su propia identidad, o se tergiversaba su historia o sólo se permitía difundir la imagen interesada por el régimen. La cita de 1976 representó un hito. Por allí desfilaron historiadores como Manuel Tuñón de Lara, que venía de Francia con su escuela de esos jóvenes profesores, que cruzaban los Pirineos para aprender con el maestro a sumergirse en el rastreo de datos de las historias locales, como la vía más lógica y documentada para interpretar lo que había sucedido a lo largo de los dos últimos siglos. Y allí no podía faltar el venerable profesor don Antonio Domínguez Ortiz, que como le había sucedido a su paisano Antonio Machado, desde la modestia de una cátedra de instituto llegó a irradiar sabiduría sobre las oscuridades de la historia.

Si antes del Congreso, Domínguez Ortiz era ya un historiador solvente y admirado –La Sociedad Española en el siglo XVIII, Los Reyes Católicos y los Austria, Los judeoconversos en España y América, Orto y ocaso de Sevilla, Alteraciones andaluzas...–, a partir de aquel momento se afianza aún más la figura del venerable sabio. Le recuerdo, en 1975, en su casa de Madrid, respondiendo a las preguntas de urgencia de un periodista:

–¿En qué momento se marca el giro histórico de la decadencia de Andalucía y por qué causas ha llegado hasta nuestros días en esta situación de letargo?
–Andalucía fue la región más rica de España por dos razones: por la productividad agrícola de sus tierras, superior a la media nacional, y por el estímulo que significó la colonización americana. La separación de América fue un golpe muy duro, no sólo en sí misma, sino porque desalentó una valiosa inmigración nórdica que nos proporcionaba aquello que Andalucía ha estado siempre escasa: hombres de empresa. No obstante, el siglo XIX fue todavía para Andalucía de equilibrio. El golpe definitivo se lo ha dado el siglo XX, con el fracaso de una industrialización que todavía en la centuria anterior parecía posible.
–¿Cómo es el pueblo andaluz?
–Muy variado, como producto de circunstancias históricas y naturales diversas. Hay, sin embargo, entre las cualidades humanas del hombre andaluz, una muy general que yo destacaría: su capacidad de asimilación, su receptividad para hombres de ideas, su talante cordial y acogedor para con todos; derivados de esta cualidad son la compatibilidad del cariño a lo propio y el elogio a lo extraño, el igual afecto a la patria chica y a la grande, la falta de engreimiento y de resentimiento. El andaluz nunca ha sido racista, tampoco ha estado nunca acomplejado por sentimientos de inferioridad. En este sentido goza de un equilibrio psíquico envidiable.
–¿Qué piensa de esta Andalucía de hoy, ave migratoria, desempleada?
–Al no crecer de forma adecuada la renta regional, la emigración era la única forma de elevar el nivel de vida de la masa trabajadora. Ha sido una cura de urgencia dolorosa, un remedio temporal. Pero hay que poner coto a esta sangría. Una región que exporta hombres no es económicamente sana, aunque la operación tenga aspectos positivos. Entre esos aspectos positivos cuento las experiencias vitales de muchos o algunos de los emigrantes. Otros vuelven de Alemania con la cabeza tan vacía como los bolsillos.
–¿Qué diferencias sustanciales hay entre esta Andalucía de hoy y aquella de las Alteraciones Andaluzas? (Sucesos ocurridos en Andalucía entre 1647 y 1652, las llamadas revoluciones del hambre, estudiados por el profesor Domínguez Ortiz).
–En el fondo, las cosas no han cambiado demasiado, puesto que subsiste la enorme diferencia de clases. Pero hoy los progresos técnicos hacen más difícil que se produzcan hambres tan tremendas y el Estado-Provindencia de hoy, con todos sus fallos, funciona mejor que la iniciativa privada ante una catástrofe de tales dimensiones.
–¿Cómo será el futuro de Andalucía?
–Brillante, si dejamos de esperar que la Administración nos solucione los problemas y se cree una clase empresarial andaluza. Ese espíritu de empresa (que, naturalmente, debe abarcar también la empresa agrícola), si cuenta con las inversiones necesarias y con una mano de obra cuyas cualidades naturales todos reconocen, puede transformar Andalucía y convertirla de nuevo en lo que siempre fue; polo de atracción, tierra de inmigración”. (Ideal, 19-II-1975)

Siguió don Antonio, hasta el final de sus días, iluminando las zonas oscuras de la historia de España, en la que Andalucía había sido su principal protagonista, más que le pese a los políticos, gobernantes y demás artistas de la farándula, que sistemáticamente negaron la identidad andaluza y el derecho de un pueblo a ser libre y a planificar su desarrollo. De algo sirvieron aquellos congresos de Cultura y de Historia y aquellos años sucesivos en los que el pueblo andaluz dio su primera respuesta colectiva a un Gobierno centralista. Detrás de cada uno de esos pasos, Andalucía ha contando con hombres y mujeres entregados a su causa. Don Antonio Domínguez Ortiz, ahora que lo que nos queda es su obra, es uno de sus más firmes baluartes.

Antonio Ramos Espejo es periodista
   
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