22 de agosto de 2017
 

 
  botón inicio botón contacta botón mapa web
foto cabecera
titulo cabecera
 
 
menu
PROVINCIAS
MONOGRÁFICOS
- Adiós al Hollywood europeo
- A donde habite el olvido
- Alfonso Canales, cronista cultural de Málaga
- Alfonso Grosso, entre balas y merengues
- Almería en tres miradas
- Antonio Gala no ha sido asesinado en Murcia
- Antonio Mozo, el innovador
- Asunción Andaluza
-
TROFEOS DISPUTADOS ENTRE 1973 Y 1983

- Caídas y más que caídas
- Caídos sin nombre
- Campo de sangre
- Cántico de Córdoba
- Centenario del nacimiento de Juan Ramón Jiménez
- Cerrado ante la justicia, abierto ante la historia
- Del olvido a la gloria
- Deporte, de la jerarquía a la democracia
- Despiertan los medios de comunicación
- Domínguez Ortiz, cita con la historia
- "Donde se vive y se muere fuera"
- Eduardo Chinarro, el periodismo laboral
- El arte al alba
- El Centenario de Vázquez Díaz
- El Correo de Andalucía en Huelva
- El fin de los monopolios
- El flamenco en la Transición
- El islote de Saltés
- El nacimiento del Festival de Cine Iberoamericano
- El reportero Sebastián Cuevas
- El torero que revolucionó las masas
- En el nombre de Jarcha, libertad sin ira
- En homenaje al maestro Ladis
- Entrevista a Antonio Gala

Diálogo del desamor

- ¿Estamos preparados para el cambio?
- Huelva canta libertad
- Huelva y la música
- José Gálvez Manzano populariza el billar
- José Prieto Escaso, arquero olímpico
- Juan Diego borda su venganza
- La creación nunca duerme
- La década gloriosa del Trofeo colombino
- La esquina de Pepe Jiménez
- La herida de Federico Villagrán
- La mirada de Ricardo
- La princesa comunista
- La radio del transistor
- Las voces prohibidas
- La Transición acelera el reciclaje de los periodistas
- La Transición de los periodistas
- La Transición en las librerías malagueñas
- Los interrogantes de Antonio Burgos
- Medios: la renovación inconclusa
- Nadie sabía nada
- Noche de guardia
- Pedro y Pablo en la Tasca del Matías
- Picasso, principio y fin
- Pudo ser un sueño, pero fue realidad
- ¡Que vienen, que vienen!
- "Se hace talento al andar"
- Semblanza/ Manuel Benítez 'El Cordobés'

Un flequillo le leyenda en la España de los 'seìllas'

- Távora en esencia
- Tránsitos
- Una irrepetible complicidad
- Un festival "rojo" en el franquismo
- Un lienzo pendiente
- ¡Viva Andalucía viva!
CIUDADES RELEVANTES
 

INICIO > MONOGRÁFICOS > Semblanza/ Manuel Benítez 'El Cordobés'

Un flequillo le leyenda en la España de los 'seìllas'
 
  Rosa Luque
  Manolete (Córdoba)
  Semblanza/ Manuel Benítez 'El Cordobés'

Un flequillo le leyenda en la España de los 'seìllas'
  Llenó las plazas hasta la bandera, puso del revés el mundo del toreo, tan inmovilista, adornándolo con bendita heterodoxia que aún hoy, tanto tiempo después de todo aquello, no le perdonan los puristas. Fue el mandamás de la fiesta, toreó más corridas que nadie y se hartó de ganar dinero –hasta siete aviones privados llegó a tener, él que nunca supo cómo rellenar un cheque– y de repartir su fortuna a manos llenas. Pero, ante todo, Manuel Benítez, aquel chico de indomable flequillo y carcajada traviesa que paseó el nombre de Córdoba por todo el mundo, fue un fenómeno de masas digno de rellenar un puñado de tratados sociológicos. Y es que de maletilla robagallinas acuciado por las cornadas del hambre, El Cordobés se convirtió en la gloria nacional más exportable, la figura que más paseaba el Régimen por el Nodo en aquella España del blanco y negro. Hoy, revividos antiguos esplendores gracias al V Califato que la afición y el pueblo cordobés le otorgaron, recién cortada definitivamente la coleta a los 39 años de su alternativa, este Benítez casi setentón pero todavía en forma recuerda sin nostalgias aquellos días de vino y rosas que marcaron su leyenda y, con ella, toda una época. Pero advierte, por si las moscas, que “de política ni supe entonces ni quiero saber ahora”.


Retorno al pasado.
La historia siempre mira atrás, aunque sólo sea para tomar impulso, y en estos inicios del siglo XXI toca beber de las fuentes de los años sesenta y setenta hasta para la moda. Por eso ahora vuelve a hablarse con pasión incluso en las series televisivas de más éxito de aquel ídolo de multitudes que, bajo el alias de El Cordobés, se convirtió en la figura más exportable del franquismo. Porque hablar de Benítez es hacerlo de aquella España del ‘seíllas’ y los primeros veraneos de botijo y fiambrera en la costa; la España del consultorio sentimental de la Señorita Francis y del La-la-lá. Un país pendiente de un muchacho arrojado hasta el escalofrío que en los ruedos dejaba pasmados tanto al toro como al tendido con su salto de la rana, y que fuera de ellos hacía crecer el mito de que no sólo en sueños es posible llegar a lo más desde lo menos. Porque si Manuel Benítez –se decía entonces el personal plantado ante el televisor que empezaba a llegar con cuentagotas a los hogares españoles–, un descamisado que había pasado hambres caninas y no sabía escribir la “o” con un canuto, compartía mesa con el mismísimo Generalísimo sería porque todo es posible a poco que uno le eche valor a la vida o le asista la suerte. “Yo casi no podía andar por la calle, me paraban a cada paso, como si fuera un familiar. Yo era una cosa del pueblo –recuerda Manuel Benítez sin el menor signo de vanidad– . El toro estaba muy caído, casi acabado, y entre el público y yo hicimos un bloque y lo levantamos. Iba para arriba, para arriba, pero era una cosa grandiosa de la que no me daba cuenta. Aunque no era yo sólo, era Córdoba conmigo. Iba por España, por América, por todos sitios, y me rodeaba la masa y yo encantado. Bueno, a veces me agobiaba un poquillo. Pero quién me lo iba a decir, ¿verdad?”

Del cero al infinito. Quién le iba a decir que gracias a su toreo de sello inconfundible, personalísimo, y a sus maneras noblotas de chico de pueblo, tan espontáneas como su risotada tronante, iba a ganar tan desmesurada popularidad casi desde el primer día (aquella memorable corrida del 15 de mayo de 1960 en el coso de Los Tejares, cuando la valentía loca de aquel torerillo desconocido le hizo titular a José Luis de Córdoba la crónica en el diario Córdoba “La tila por las nubes”). Quién le iba a decir a Benítez, cansado de recibir palizas de la Guardia Civil por asaltar cercados, que pocos años después habría de lucir la Medalla de Oro al Mérito Turístico, que sería portada de la revista Life y que protagonizaría libros y películas de éxito, una de ellas como actor más voluntarioso que eficaz, pues “no supe leer ni escribir hasta que pude llevarme a un profesor conmigo para que me diera clases entre corrida y corrida –lamenta–, y aprenderme aquellos diálogos tan enrevesados para mí era un tormento”. Así recuerda ahora, dedicado junto a los hijos a la gestión de sus fincas y con la vista puesta en el negocio de la construcción, su dura infancia en su pueblo, Palma del Río, sin ocultar pasajes que, por rozar “la cosa esa de la política”, siempre ha preferido orillar: “Yo me quedé huérfano muy chiquitito, a expensas de mi hermana Angelita, en una época en que las familias se pegaban tiros unos a otros (nació un 4 de mayo de 1936). Mi madre, que era estraperlista, murió de una gripe, un enfriamiento que cogió la pobre en uno de sus viajes a Córdoba canasto en ristre, en el trayecto desde el tren a casa un día que llovía mucho. Y mi padre, que trabajaba de camarero en un bar, había luchado contra Franco, y creo que murió en la cárcel o en la guerra, no estoy muy seguro porque nadie me lo quiso aclarar”. Para aportar algo que comer a la familia –era el más pequeño de cinco hermanos– en unos tiempos de miseria generalizada, no le queda más remedio que aguzar el ingenio. “Yo me dedicaba a recoger patatas con el cestillo y de vez en cuando metía la mano, a ver, porque algo había que echarse al gaznate –justifica–. Y un poquito más mayorcete guardaba ganado en los campos. Un día, atravesando la finca del ganadero don Félix Moreno de la Cova, me topé con un toro como a unos cincuenta metros, y en lugar de echar a correr me dio por mover el saco que llevaba y gritarle ‘Eeeeh, toro, eeeeh...’ Y el que echó a correr fue el bicho”. De este modo, crecido ante el astado, asegura Benítez que nació su afición al toreo. Y con ella los disgustos.

Noches de luna y cárcel
. “Yo ahí empecé a ser un poco travieso –reconoce–, porque si corres detrás de una manada de toros de noche los animales se ponen nerviosos y rompen alambradas y todo lo que pillan. Hacía daño, pero sin saberlo, no era más que un niño que ni pensaba que la fiera me podía matar”. Le hicieron pagar cara su osadía en aquellos años de represión. “No es que yo guarde rencor a nadie, pero fueron injustos conmigo –se queja con los ojos encendidos de dolor–. Es verdad que andaba por los ‘cercaos’ de Palma del Río con la luna, pero a dónde iba a ir si no tenía ni donde caerme muerto. Me midieron el pie con un palito, por ver si coincidía con las huellas, y me descubrieron. Me metieron quince días en la cárcel de mi pueblo y allí me trató muy malamente uno al que llamaban el cabo de la Magdalena. Me atizaba con un vergajo, me obligaba a hacer el gato y me sacaba todos los días esposado a pasearme delante de la gente, que a saber la fechoría que pensarían que había hecho. A Córdoba llegué esposado. Me aplicaron la Ley de Vagos y Maleantes y estuve tres meses en la cárcel”. Aquello, recuerda ahora que ya peina canas y el famoso flequillo ha dejado paso a una calva incipiente, era lo peor que le podía pasar a un crío inocente cuyo único delito era correr detrás de algún toro suelto o, todo lo más, echarse al saco alguna que otra gallina. “Estuve revuelto con personas que habían matado –se queja–, y lo pasé muy mal porque me querían violar. Me escapé de milagro, porque aquellos tipos eran como langostas”. Pero una vez puesto en paz con la justicia, le queda aún otra condena por penar, la social. Porque de vuelta al pueblo las cosas, que antes han ido mal, ahora se le ponen imposibles. Sin embargo, en este aspecto Benítez –que con su decir sencillo, salido a partes iguales de la cabeza y del corazón, suele ser muy elocuente– prefiere pasar de puntillas. Y lo mismo que no se pronuncia sobre la escasa ayuda, por no decir ninguna, que él y sus hermanos recibieron en la época en que dormían apiñados en colchones sobre el suelo “de una casucha arrumbiá”, (“Yo no me meto en que si había pobres y ricos, no estoy en esa órbita”, zanja rápido), se encierra como un galápago en su concha cuando se le pregunta la razón de por qué no aceptó, muchos años después, el título de Hijo Predilecto que Palma del Río quiso otorgarle. (“A mí me cogió el cambio de una dictadura a la libertad, hay mucha gente y muchos momentos... Son cosas que uno ve así –remata críptico–, pero no tengo nada en contra de mi pueblo”). A lo más que llega es a volver sobre el ya citado cabo de la Magdalena, “que me seguía haciendo la vida imposible después de lo de la cárcel; me llamaba en la calle, psssiií, psssiií..., y me obligaba a cuadrarme delante de todo el mundo”, y a admitir que allí no tenía ya nada que hacer. “Me había convertido en una oveja negra –asegura–, y decidí marcharme a Madrid, donde estaba sirviendo mi hermana Encarna. Hice el viaje en un tren de mercancías, y a la altura de Aranjuez, como no sabía usar el teléfono, le pedí al maquinista el favor de que llamara de mi parte a mi hermana para que viniera a recogerme, y así lo hizo. Ya ves de la forma en que entré en Córdoba y en Madrid”.

De Madrid al cielo.
Pero en la gran ciudad las cosas van a ponerse aún peores para el muchacho, cada vez más ilusionado con sus sueños toreros. Pasa por los albañiles y otro puñado de oficios que sortea como puede, mientras vuelve a recalar en varias cárceles por su afición a lanzarse de espontáneo a los ruedos (tiempo después, ya espada archifamoso, evitará con generosidad que otros corran la misma suerte acudiendo veloz a pagar la fianza de cuantos se ven en su mismo trance). “En una celda de Carabanchel compartí tres semanas con otras dos personas –hace memoria–. Teníamos un colchón en el suelo y un retrete, y uno hacía sus necesidades mientras otro se comía el plato de garbanzos”. “Y pasé otros tres días en la cárcel de Aranjuez compartiendo celda con unas gallinas –añade a carcajadas para quitar hierro al recuerdo anterior, que lo ha dejado cabizbajo–. Pasaba tanta hambre que me zampaba los huevos que ponían y al carcelero lo volvía loco. En fin, que cada vez veía más imposible lo de ser torero, y pienso explicarlo todo con mucho detalle en unas memorias que le estoy contando a un muchacho periodista, el hijo de mi abogado. Calculo que tenemos para cinco años”. Hablará Manuel Benítez sin duda también en esa autobiografía –se ve que el libro que sobre su vida escribieron Dominique Lapierre y Larry Collins le supo a poco– de que a punto estuvo de emigrar a Francia, desesperado ante su falta de horizontes. “Gracias a Dios no lo hice, y empecé a moverme buscando contactos –apunta–. Un día me presenté en el bar La Campana, porque un conocido mío que también quería ser torero me dijo que por allí recalaba un tal Manuel Becerra, que llevaba el espectáculo del Bombero Torero, donde un chaval mataba un novillo. Me planté ante aquel señor que llevaba un clavel en la solapa y una mascotilla y le enseñé una foto que tenía con tres vacas y le pedí una oportunidad”. Escuchando aquella conversación estaba Rafael Sánchez Ortiz, más conocido por El Pipo, quien, tras oír las aspiraciones de Benítez –que aquel día, reconoce agradecido aún, comió a su costa– le consiguió echar unas vaquillas en Salamanca. “El Pipo, que se portó muy bien conmigo pero fue poco tiempo mi apoderado, porque hubo problemas –admite– vio que me arrimaba, y que me cogía la vaca y me quedaba de pie. Era malísimo, no tenía ni idea de aquello, pero luego empecé a prometer y me puso con caballos en los pueblos, pero me daban tantas volteretas que ya ni me querían alquilar los trajes, porque me los cargaba. En el coso de Los Tejares de Córdoba los hermanos Lozano y don Rafael me pusieron solo ante el peligro con cuatro novillos; se llenó la plaza y a mí me dieron 80.000 pesetas”. Toda una fortuna que Manuel entrega íntegra a su hermana Angelita, a quien había prometido antes de salir en busca de fortuna que o le compraba una casa o la vestía de negro, sentencia que harán famosa los mencionados Lapierre y Collins con su libro O llevarás luto por mí. Ha nacido una estrella.

Amistades peligrosas y de las otras.
Todo lo que viene después figura con letras destacadas en los anales del toreo y, paralelamente, en la prensa rosa de la época. Hasta las páginas del papel couché llegan sus triunfos y excentricidades sobre la arena del redondel. Se cuenta en ellas, por ejemplo, que el día de la confirmación de su alternativa en Las Ventas, 20 de mayo del 64, el país entero queda petrificado ante el televisor, aunque éste sea el del bar o el del vecino pudiente, como no pasan desapercibidos ni en las peluquerías los plantes que, cansado de que quieran tomarle el pelo, da a los empresarios el diestro. (“Me quisieron parar, a ver si me aflojaba y renunciaba a un porcentaje de la taquilla, pero yo sólo pedía lo mío”, sostiene). Por ello, en 1969 protagoniza junto a Sebastián Palomo Linares lo que se da en llamar ‘el año de los guerrilleros’, toreando ambos en plazas de tercera para huir de la tiranía de quienes manejan los hilos de la fiesta. Las publicaciones y noticieros audiovisuales se hacen también eco de sus cogidas, afrontadas ya por el espada desde la misma fecha de su consagración madrileña. Pero, sobre todo, hablan de sus idilios reales o ficticios (“Qué va, no era para tanto, ja, ja, ja”), pues desde los tiempos de El Pipo, Benítez no ha dejado de verse arrastrado por el torbellino de propaganda forjada en torno a su imagen de triunfador a contracorriente. Más tarde relatarán su multitudinaria boda con Martina Fraysse, la francesa que le ha dado cinco hijos, y por supuesto llevan al día sus amistades con los grandes del momento: El Cordobés, por quien el mismísimo Mario Moreno Cantinflas se había plantado desde México en Córdoba nada más que para conocerle, apadrina junto a Marisol, otro ídolo de los sesenta, al hijo de Carmen Sevilla y Algueró; es también compadre de Julio Iglesias, del periodista Tico Medina y de otros famosos, y juega al tenis –de su talante deportista da idea el hecho de que aún hoy vive entregado a los estiramientos en su gimnasio particular– con Ramón Arcusa, el del popular Dúo Dinámico. Aunque para famosos de verdad los Beatles, con quienes se reúne un día a comer en el Hotel Palace de Córdoba (“Siempre ha sido como mi segunda casa”, resalta Benítez, quien durante unos años fue propietario de otro hotel, refiriéndose al lugar donde me ha citado para la entrevista). Se trataba de estudiar la posibilidad de hacer una película juntos. “Venían dos de ellos, no recuerdo cuáles, con su manager, que me ofreció 30 millones –afirma–. Yo le dije que no, que al 50%. “Es que nosotros somos cinco”, replicaron. Y yo les contesté que qué pasaba con mi cuadrilla, ja, ja”.

Sin embargo, van pasando los años y llega otro momento político y social. A su sombra, todas estas amistades se van diluyendo en la memoria colectiva, tan arbitraria a veces, y a cambio se recuerdan hasta la saciedad otras. Por ejemplo, las excelentes relaciones que Benítez, dejándose querer, mantuvo con Francisco Franco, al que cayó en gracia ya desde sus primeros muletazos. El glacial y hermético Caudillo no sólo aplaudía sus faenas con fervor, sino que lo invitaba a cacerías y hasta estuvo en la puesta de largo de la nietísima Carmencita. “Yo no puedo decir que el Régimen me utilizara –afirma a regañadientes, incómodo con el asunto–. Sólo una vez me preguntó Franco: ‘Manolo, ¿qué se dice de mí por América?’ Y yo, por salir del paso, le contesté haciéndome el tonto: ‘Excelencia, pero si yo no sé más que torear, si hasta el café me lo tiene que pedir mi mozo de espadas...’ Pero he conocido a otros muchos jefes de Estado, no sólo a Franco”. En efecto, El Cordobés se paseó por los jardines de la Casa Blanca con Ford, confraternizó con algunos miembros del clan Kennedy y, ya recientemente, fue uno de los llamados a compartir vinillo y charla en la Bodeguilla de La Moncloa. “Felipe González, que me regaló un puro, es un tipo muy cariñoso y muy capaz –defiende–. Y he sido amigo de don Juan Carlos cuando era príncipe; nos estimamos mucho; hace dos años me llamó a Madrid, a la corrida de la Beneficencia, y vimos los dos juntos los toros. En fin, que yo pertenezco al pueblo, y si a mí un Jefe de Estado me llama voy representando al pueblo”. Quizá por eso, porque siempre se ha sentido pueblo llano, sin pretender pasar por lo que no era, Benítez nunca olvidó sus orígenes humildes, y respondió con generosidad a cuantas solicitudes de ayuda se le hacían. En su pueblo montó una guardería para los hijos de los temporeros, y una escuela de formación profesional con maquinarias y camiones que se siguen usando, y todavía recuerdan con agradecimiento las monjas de la residencia de ancianos su contribución al arreglo de la casa. En la capital pagó de su bolsillo la estatua de Séneca que admiran los turistas junto a las murallas, por no hablar de las muchas corridas benéficas que ha montado a lo largo de su vida. “Ahora, ya de V Califa, me hubiera gustado torear tres o cuatro más, totalmente desinteresadas, junto a mi hijo Julio, al que le veo maneras aunque yo casi no le digo nada, para que sea él mismo; pero le embistió el toro en una pierna y la cosa está aparcada –concluye–. Si puedo ayudar en algo lo hago de corazón. Pero eso no es política ¿eh?, eso es otra cosa”.
   
  pagina anterior pagina siguiente
 
 
   
 
  Inicio | contacto | mapa web   Transición