23 de octubre de 2017
 

 
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Diálogo del desamor
 
  Francisco Solano Márquez
  Gala (Córdoba)
  Entrevista a Antonio Gala

Diálogo del desamor
  (...)
PREGUNTA. Tú que tan amante eres de Córdoba y que tantas veces has paseado en soledad y en compañía por Córdoba, para regalo de los cordobeses, deberíamos invitarte a que hicieras un paseo por Córdoba con una persona de tu elección, aunque sea del siglo I, en cada uno de los lugares de Córdoba. ¿Con quién te irías a pasear a Medina Azahara?
RESPUESTA. Pues mira, con una persona que no sé si era muy profunda, pero sí era extraordinariamente consciente y viva: me iría a pasear con Walada, porque hablaría de amor en Medina Azahara. Walada tenía la costumbre de llevar una estola cada día, la estola era siempre en blanco y negro, y el verso iba en negro o blanco. Llevaba siempre un verso de amor. Es una persona tan impresionante que por supuesto no creo que estuviese muy enamorada de Ben Zaydum; los amores de los dos y el monumento al amor del Campo Santo de los Mártires es discutible. Ahora, ella es de una lucidez impresionante; es una de las mujeres más claras de la historia.

P. ¿Hace mucho tiempo que no has subido a Medina Azahara?
R. Hace bastante tiempo. Y me da un poco de miedo. Me parece que Medina Azahara ha sido algo tan insustituible, tan absolutamente inesperado, tan sobrehumano, que yo creo que no fue una tribu ortodoxa la que destrozó aquello, sino que Dios tuvo un poco de celos de que los hombres empezaban a vivir ligeramente mejor que él y dio un golpe. Medina Azahara es... ¿cómo va a poder explicarse, qué trasunto se puede hacer, qué imaginación actual puede volver a recrear las treinta y cinco maneras de correr el agua por las acequias subterráneas? Lo que debían era conservarse las ruinas, que aprendiéramos en esas ruinas, que las veneráramos y que nuestros hijos aprendieran en ellas, pero reconstruir algo que ha quedado...; ¡pero si de Medina Azahara está lleno todo!: todos los patios son Medina Azahara, San Jerónimo de Sevilla, San Jerónimo de Córdoba, los capiteles y las basas y las columnas de nuestros patios; y eso es bonito, porque de repente fue como una explosión y una gran dádiva. Yo haría proyecciones continuas, haría cerca una especie de auditórium en que se reprodujera al máximo la planificación, las descripciones que había, los testimonios literarios que quedan...; pero ¿reconstruir?, ¡qué difícil es eso!
P. Sigamos el paseo. ¿Nos vamos al Potro?
R. ¿Con quién? Con Cervantes, con “el Manquito”.

P. ¿Y de qué hablarías con Cervantes?
R. De una cosa que yo creo que tengo la sospecha y que él me podría ratificar. Yo creo que la aportación a la cultura europea de España viene, por un lado, por lo más espiritual de todo, que es la mística, y luego por lo más realista de todo, que es la picaresca. Me parece que la picaresca es el último rabotazo de lo musulmán, lo mismo que probablemente la mística es el último rabotazo de lo hebreo. Lo musulmán está preterido entre lo morisco y lo mozárabe, empieza a darse cuenta de que el mundo no es de color rosa como ellos lo habían visto. No tienen interés en convencerse de que el mundo es absolutamente negro, pero saben que el hombre no puede vivir solo en el éxtasis, solo en la tragedia, y entonces se echan a reír. Y esa risa negra es justamente lo que hace que nazca la picaresca. Y hablaría por las Siete Revueltas, donde la gente se presta el vinagre de balcón a balcón; en Don Rodrigo, en el Potro, hablaría con Cervantes, que es el que verdaderamente intuyó que había dos lugares en Andalucía donde la picaresca nace: las escaleras del Salvador de Sevilla y el Potro en Córdoba.

P. ¿Con quién pasearías por la Puerta del Colodro, el traidor que abrió las murallas a Fernando III?
R. Yo pasearía por ahí con una persona que no tiene nada que ver con eso: pasearía con el Gran Capitán, que para mí es como el alma alcachofa, esa persona verdaderamente ingenua, entregada, devota, al que le van quitando, como a Andalucía, hoja a hoja, todo, y cuando le dejan casi sin nada le dan a elegir. Es una de las personas más estremecedoras en malos pagos, a la que se le pidió cuenta de nada cuando él había dado un reino; a la que se le desmocharon las torres familiares de Montilla; a la que reiteradamente se le utilizó, y a la que cuando ya estaba resignado a anclar en Loja, se le llama a Málaga diciéndole: “Ahora  te necesitamos otra vez”, y coge el caballo y se va a Málaga, y cuando llega a Gibralfaro le dicen: “Ya no te necesitamos”. Es algo tan terrible lo del Gran Capitán, que es probablemente una de las personas que más reflejan Andalucía.

P. ¿Por el Patio de los Naranjos, con quién pasearías?
R. En el Patio de los Naranjos probablemente con Azahara, porque acababa ella de llegar como esclava –si es verdad todo lo que hemos imaginado, y si lo hemos imaginado es porque posiblemente es verdad–, acababa de llegar de Elviria, estaba echando de menos las blancuras de la sierra suya y vio el pelo leonado de Abderramán, y ella no sabía todavía quién era y lo amó. Y es estremecedor pensar que ella muere y que luego ese ser omnipotente que reina tantos años y que tiene el poder y la gloria como pocos seres humanos lo han tenido, diga en el testamento que conscientemente reconoce que no han pasado sus días de felicidad del número de catorce; es atroz. Estaría con ella, con ella que quizás de los catorce tuvo más de la mitad en su mano.

P.
¿Y por el jardín del Alpargate y San Lorenzo?
R. Con Ricardo Molina, que me enseñó a amar sus tabernas. Porque yo a Córdoba no la comprendo sin tabernas; no la comprendo sin esas estaciones de ese vía-crucis glorioso. Ricardo Molina me parecía uno de los mentores y de los conocedores de Córdoba, quizá el más claro que he conocido en mi vida. El más popular, el más saludador. Estaba rodeado del cariño de la gente. No he visto a nadie más sin pedestal que Ricardo.

P. También las tabernas las vamos perdiendo, Antonio; bien porque se convierten en solares, bien porque se modernizan y cambian el blanco mármol del mostrador por formica o acero inoxidable, bien porque son suplantadas por pubs o por snack-bars. Una degradación, en fin, de la calidad de vida cordobesa, que tanto elogiaba Ricardo precisamente.
R. Pero yo creo que se va a volver a la taberna. Sería muy fácil. Creo que nos traeríamos aquí a Paco Campos y ponía una, y como le iba a ir divinamente, a los dos meses estaban todas volviendo a los tableros de nogal y quitando la fornica. Todo lo que sea hablarle a esta sociedad en su idioma de números ella lo entiende. Hay que ser Jonás; hay que meterse dentro de la ballena, que aparentemente la ballena te devore, y luego hacerle polvo las entrañas a la ballena cuando estés dentro. Eso no es difícil. El Bolillo yo lo transformaba en casi nada en como estaba, porque no hay más que darle un par de toques a la cosa. Y hay mucha vocación de taberna en Córdoba.

P. ¿Con quién pasearías, en fin, por Santa Marina?
R. Por Santa Marina yo pasearía solo; por la calle del Aceituno pasearía solo. Santa Marina me duele a mi mucho y no quisiera tener acompañantes. A lo mejor yo enseñaba a alguien Santa Marina.

P.
¿A quién te gustaría tener silencioso o silenciosa al lado, en una mecedora, en un patio umbroso?
R. Me gustaría tener a Beatriz Enríquez de Harana, esa mujer que conoció en misa, en la Catedral, a una persona que tenía los ojos cansados y que se llamaba de una manera un poco extraña: Cristóbal Colón. Se enamoró, tuvo un hijo de él y no supo casi nada más de él. Me gustaría que me contara esa historia dejando que la mecedora, casi sin impulso, se moviera un poquito; dejar que la historia y el vaivén de la mecedora nos convenciera a los dos de que no somos nada importantes; que lo importante es siempre la consecuencia.
(...)

P.
¿Qué le pedirías tú al próximo alcalde, sea quien sea, como un SOS urgente para salvar Córdoba, o al menos para detener su decadencia?
R. Yo haría una especie de inicial convocatoria de persona a persona; haría una especie de petición de respiración boca a boca –y eso yo creo que de verdad no es difícil conseguido: doce, quince, veinte, mil como máximo se desentenderían–, una llamada de corazón a corazón, de que nos diéramos cuenta que las ciudades se arreglan arreglando cada uno el trozo de su acera, su balcón, su fachada, su vida, y que todo viene de dentro a fuera. El Ayuntamiento no va a imponer nada; el Ayuntamiento tiene que ser de la orden mendicante, lo que tiene es que pedir. Es un problema de amor, es un problema de limpieza y de honradez humana. Si el Ayuntamiento que viene convence a los cordobeses de eso y los cordobeses saben que pueden descansar en él en ese sentido, Córdoba de aquí a un año está tan absolutamente tentadora, que yo estoy viviendo en la calle Duartas.
(...)
Está en mi intención escribir un libro con el hermoso y vulgarísimo título de Guadalquivir. Es la historia de mi corazón, que creo que no le interesa a nadie, pero a mi corazón yo creo que sí le interesa confesada, contada a través de toda la geografía del Guadalquivir, desde su nacimiento en Cazorla hasta su muerte en Sanlúcar, y cuyo último verso será “Guadalquivir mi corazón se llama”.

P. Pero qué pena, Antonio, que nos hayan encajonado el río, ya casi inasequible, entre el murallón y la autopista.
R. Yo he sufrido mucho con eso; tanto, que esta mañana no he pasado por allí. He vivido tanto en la Ribera y he visto tantas cosas en la Ribera, que pensar que no puedo cruzar porque me puede atropellar un coche, me produce una impresión desoladora.

* Entrevista de Francisco Solano Márquez en Córdoba. (25–III–1977)
   
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