22 de agosto de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > Pedro y Pablo en la Tasca del Matías
 
  Jesús Chacón
  La Cultura (Huelva)
  Pedro y Pablo en la Tasca del Matías
  Cultura callejera. La vida cultural de Huelva en los últimos años setenta escondía también una vertiente underground y callejera, con olor a canuto y botellines de Cruzcampo, paralela a los florecientes y mediáticos fenómenos de Jarcha o de Alameda, y de pintores como Juan Manuel Seisdedos, como ejemplos de artistas que habían traspasado la frontera de la provincia. Al calor de las contadas tascas y pubs de entonces, una generación a lomas del punk y la cultura del fanzine, la generación incorformista de finales de los setenta, venía quemando el suelo con sus alaridos de rebeldía. De ese torbellino sale aquella estrambótica pareja de cómicos que basaron sus primeros números en el caos, y que luego se fueron a Madrid para actuar en míticos locales de la era Tierno Galván como Rock-Ola y aparecer luego por televisión en ‘La bola de cristal’: Pedro Reyes y Pablo Carbonell.

Por los famosos números que montaban sobre la marcha llegaron a ser los reyes de la movida ácrata y callejera de Huelva, que giraba alrededor de la Tasca del Matías de la calle Fernando el Católico, donde dice Pablo Carbonell que el Ayuntamiento debería poner una placa. Este Matías no era, como reza una errónea leyenda urbana onubense, el de la canción ‘Los managers’ de Pata Negra, ya que éste, el de la canción, era un Matías que tenía una tienda mora en Punta Umbría por aquellos años. Pedro y Pablo no estaban solos. Había otros grupos de teatro alternativo como Onuba o Lluvia, y aquellos noctámbulos que no dejaron vivo un botellín de la famosa tasca editaban fanzines como El pelotazo, que hacía Bernardo Nieto, o el Fri, que sacaban Pablo Carbonell y el futuro pintor Juanma Vidal, mientras el ya pintor Overli les retrataba a base de puntillismo. Al ritmo de Sex Pistols, los primeros Radio Futura o Siouxie and the Banshees, pero al compás también de Veneno y Pata Negra, aquella anárquica juventud demandaba cosas nuevas y tuvo el mérito de fijar un norte heterodoxo cuando ya no había libertades que ganar. Franco se les había muerto cuando se internaban por los secretos de la pubertad, y proclamaban que el futuro tenía otro color diferente al del compromiso político. Será el empuje rompedor y desenfadado que preparaba la movida de los años ochenta.

Pedro Reyes, que era de Huelva, trabajaba de cartero y quemaba la publicidad en el cabezo del Conquero, “para ahorrarle a los vecinos el trabajo de tirarla a la papelera”, y tenía un grupo de teatro infantil que se llamaba Centuria. Pablo Carbonell era un chico aún formal cuando llega desde Cádiz con sus padres en 1976, que vivía junto a la ermita de La Soledad y que aún en esa época iba a quejarse del volumen con el que los del pub La Jangarilla escuchaban a Frank Zappa y a Camarón de la Isla. Su hermano Enrique se presentó un día en casa con Pedro Reyes, y entonces se hicieron inseparables.

Teatro callejero.
Entre novillos eternos y actos anárquicos inconfesables, los Centuria hacían mimo por la calle pero se aburrían, así que deciden meter diálogos absurdos y poner en práctica lo que Pedro Reyes llama “mimo parlante”. “Ensayábamos dos horas antes y previamente yo me había inventado la obra en 10 minutos.” Con dos mallas de ballet y dos camisetas montaron sus espectáculos callejeros, que frecuentemente consistían en una cruenta pelea a mamporrazos pero ejecutada a cámara lenta. Llegan incluso a usurpar mobiliario urbano para los decorados. Fuera como fuera, la anárquica pareja de cómicos que ensayaba en los locales del sindicato de la Gran vía, se estaban haciendo famosa en la ciudad con aquellas producciones improvisadas e inauditas.

Pero todo cambiará, según cuenta Pablo Carbonell, con el robo de un libro de mimo de Els Comediants en un pub de ambiente teatral que había en el Paseo del Chocolate. “Yo flipaba con ese libro –asegura Pablo–, me parecía la biblia de la que extraeríamos la esencia de nuestra futura libertad. Había que robarlo. Y así lo hice. Al que puso el libro allí le debo mi carrera, pero empezaré invitándole a una cena”. De ese libro de mimo extrayeron lo que sería su primer número preparado como pareja cómica, y con él se fueron al paseo marítimo de Matalascañas. “En Huelva empezó la conquista del mundo, y en Matalascañas se puso el pilar de lo que llegarían a ser los cómicos Pedro y Pablo”, asegura Carbonell. De allí partieron hacia el parque madrileño del Retiro hasta acabar actuando en la tele. Pero ése es el capítulo siguiente a esta leyenda urbana de la Tasca del Matías.
   
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