24 de junio de 2017
 

 
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  Francisco Puche
  La Cultura (Málaga)
  La Transición en las librerías malagueñas
  Nacimos al mundo del libro allá por el año 1969, en plena dictadura (cuando hasta leer estaba prohibido), con el provocativo nombre de Prometeo, el rebelde griego que roba el fuego de los dioses para autonomizar la condición humana. Durante seis años hicimos la travesía de la clandestinidad libresca. Por todas partes teníamos escondites que albergaban lo mejor de la literatura y de la filosofía que hoy se exhibe en los escaparates, quizás con menor éxito. Años de lucha por la libertad.

Cuando muere el dictador y comienza la Transición a la democracia parlamentaria se produce la eclosión de lo oculto. Los editores se lanzan a publicar todo lo prohibido de una sola vez. Los grandes apartados de la prohibición se ordenan en colecciones. Así, podemos leer a Marx en Cuadernos de Editorial Aguilera, con títulos tan corrientes en la época como Trabajo asalariado y capital o la Lucha de clases en Francia, siempre acompañados de ediciones de bolsillo del Manifiesto Comunista (un fantasma, entonces, recorre las librerías, el fantasma del comunismo). Ruedo Ibérico termina legalizándose y publicando en Valencia El Laberinto Español, de Gerald Brenan, y La Guerra Civil, de Hugh Thomas, y los lectores pueden adquirirlos sin necesidad de abrirles falsas estanterías que ocultan huecos disimulados con el material prohibido.

La literatura erótica se desnuda y aparece en todo su esplendor, e incluso emergen premios a la “sonrisa vertical”, en clara alusión a los atributos femeninos y a la alegría de vivir (del sexo). Je t´aime, aunque viene titulado en francés, apenas esconde las mil y una posturas con las que disfrutar del amor (la aparición posterior de los kamasutras hizo innecesario al francés, y me consta que todavía hay gente que no ha podido cumplir con el programa de posiciones hindúes). La literatura volteriana (Voltaire incluido), prohibida por supuesto aquí por indicación expresa de la Santa Madre Iglesia, también encuentra editores ávidos de dar a conocer las irreverencias de los enciclopedistas y de sus sucesores.

La verdadera historia del Opus Dei, la crítica anticlerical aparecida en la República (La Araña Negra de Blasco Ibáñez, y Las Ruinas de Palmira del Conde Volnoy) o el Diccionario Filosófico del propio Voltaire, están al alcance de las inquietas manos de esos ayunantes reprimidos que fuimos los lectores. (Siempre recordaremos la gracia con la que el autor del Diccionario retrata la procesión y veneración del “santo prepucio”). Pero también aparece la critica filosófica seria de la religión en libros como El Anticristo de Niestche o Dios y el Estado de Bakunin. Y por último, pero no por ello menos importante, se publica toda la literatura censurada: desde Neruda y Alberti, hasta Sartre y Camus, pasando por Hernández, Lorca, Zambrano, Machado, Cernuda, Prados, Felipe... casi todo lo interesante. La gente respondía y se iba haciendo, simultánea o sucesivamente, marxista, anticlerical, anarquista, libertina, o esteta. Se percibía que se había destapado la olla a presión del nacional-catolicismo.

Aún con la lengua afuera, pero ya más reposadamente, asistíamos al inicio de la colección de bolsillo de Alianza Editorial, todo un hito de buen hacer editorial y de promesas cumplidas: Borges, Sthendal, Sartre, Camus, Niestche, Huizinga, Braudel, Caroll, Marx, Galdós, Salinger, Stevenson, Proust, Kafka, Poe, Faulkner, Asturias y un largo etcétera, que hasta hoy sigue recreándonos (aunque, eso sí, habiendo cambiado de manos y quizás de fuelle). Pero como era de prever, en ese caldo de cultivo librero y en esos momentos, una librería era más que una expendeduría de libros. En nuestra rebotica, que la había, se daba cabida a los partidos de izquierda, aún ilegales, que disponían de un lugar para reunirse y preparar el “santo advenimiento” de la democracia. El PSOE y el PC encontraron allí refugio, y cuando a la tarde se cerraba la librería, por la puerta trasera desfilaban jóvenes barbados a oficiar de conspiradores. Muchos testigos quedan por ahí de lo dicho.

Pero también la extrema derecha y la policía andaban vigilantes. Lo que no había pasado durante el franquismo llegó con la Transición: la quema de librerías (quizás en atrasada revancha de la quema de conventos). Prometeo no se libró de la quema, y una tarde de otoño llegó un caballero, prendió de gasolina el sillón reservado a los lectores, al fondo de la librería, y aquello salió ardiendo, a la vez que el pirómano se las piraba. Pepito (entonces un joven aprendiz, hoy después de treinta años librero reconocido) con prontitud acudió al extintor y salvó los libros de un nuevo auto de fe, tan familiar a los españoles.

El libro rojo del cole marca, quizás, el último capítulo de la Transición librera a la democracia parlamentaria. Con una mayor libertad de expresión ya legislada, y, aparentemente, sin censura, este librito dirigido a escolares, en donde pedagógicamente se explica algo de sexualidad, es denunciado y el juzgado ordena preventivamente su secuestro. Como los tiempos van cambiando, el policía que aparece con la orden judicial pretende ser amable (por si acaso uno escondía mentalmente la cabeza entre los brazos) y muestra la citada orden. Pero no quiere llevarse los libros, es necesario darle cuenta de las existencias y almacenarlos fuera de la vista del público, hasta nuevo aviso. Preventivamente, también, se le desvela un número de ejemplares muy pequeño, y al momento de dar la media vuelta ya estamos vendiendo los ocultados y pidiendo a los distribuidores “todos los que les queden”. Por un momento volvemos a la lucha clandestina: nostalgia de tiempos peores...

Con la venta masiva del Libro rojo del cole (best-seller ilegal de la época) damos por terminada la Transición por lo que a nosotros los libreros respecta. Seguimos esperando la orden judicial que nos permita poner a la venta los libros oficialmente secuestrados. Pero me temo que cuando llegue la orden los libros serán ya invendibles, por anacrónicos.


*Francisco Puche es propietario de la Librería Proteo
   
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