23 de octubre de 2017
 

 
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  Francisco Romacho
  La Cultura (Málaga)
  La princesa comunista
  Y la  muñeca se hizo mujer. Aquella canción que le había compuesto Manuel Alejandro quedó en tercer lugar representando a España en el primer festival de la OTI, celebrado en Madrid en el año de Franco de 1972, ya los primeros escarceos de la transición. Algunas de sus estrofas eran reveladoras del  drama,  del cambio brutal que se estaba produciendo de Marisol a Pepa Flores: “Niña que un día/se mira desnuda/al espejo y ve/que su infancia se aleja. Espera, espera/que aún te queda mucho que caminar”. Un cambio biológico, profesional y sustancialmente político. La rubita inocente y chisposa con trenzas y primorosos ojos azules, instrumentalizada hasta el hastío por el franquismo cinematográfico, (personalizado en el insaciable Goyanes, su productor, su padrino, su suegro, casi su raptor), se convertiría después en una comunista enfervorizada (“comunista de Fidel Castro”, suele matizar para que no quepan dudas). Tal vez como respuesta pendular a la imagen que aborreció de la princesita feliz del régimen.
A pesar de que por esas fechas más de un millón trescientos mil españoles, con  la inevitable y tristemente mayoritaria aportación andaluza, emigran a Europa en busca de trabajo, la década de los sesenta  también supone una etapa de crecimiento económico que se notó sobre todo en la aparición de los electrodomésticos a los equipamientos de los hogares. Marisol llega a la vida de los españoles con los frigoríficos, con los televisores, que alcanzaron la cifra astronómica de tres millones de hogares, con un aumento de la renta per cápita de 380 a 637 dólares, con el Plan Nacional de la Vivienda y con el turista veinte millones (1968). Málaga, precisamente la Málaga de Marisol, crecía alegre al compás de un turismo que apuntaba ya su capacidad de crecimiento exponencial. El padre de Marisol se compró una carriola para pasear turistas con el primer sueldo que ganó su hija. Aquellos guiris de entonces se topaban con tres enormes reclamos más allá del sol y la playa: en los carteles de toros la romántica figura de El Córdobes, torero y héroe por hambre; en los anuncios de las grandes galas de cante y baile, la imperial presencia de Lola Flores; y en toda la cartelería cinematográfica peninsular, sencillamente Marisol, la niña prodigio de España.

El síndrome Garbo. Cada cierto tiempo, reclamados por el síndrome Garbo (el alejamiento de los escenarios de manera voluntaria y en pleno éxito), los periodistas buscan a Pepa Flores en su casa de Málaga para sacarle  a Marisol de las entrañas, para bucear en el rastro del mito  que fue la novia de los sueños de todos los niños de España de los años sesenta y en las claves de su casi anónima vida de ahora. Saben que un improbable sí les proporcionaría una de las mayores exclusivas del mercado y la garantía de un éxito de enorme audiencia. Pero todas esas insistencias, que son muchas y buscadas a través de amigos de confianza y conocidos, se topan invariablemente con la coherencia de alguien que parece haber encontrado, por fin, el  equilibrio interior. El retrato actual de Pepa Flores es el de una mujer compleja y apasionada que quiere vivir la vida como le venga en gana sin sentir el acecho de nadie.
Marisol fue una versión caramelizada del melodrama familiar del régimen. Papa Flores, el coraje dramatizado de la transición. Sus puestas en escena se corresponden a la perfección con cada tiempo social y político. Como la puesta en escena de la mayoría silenciosa, ésa  que nunca había estado en política aunque tal vez y sólo de paso, en alguna concentración de la Plaza de Oriente. Marisol pasó a ser Pepa Flores como los españoles pasaron de ser franquistas a demócratas de toda la vida. La gran diferencia con otros muchos compañeros que habían singularizado su relación con las altas esferas de la Dictadura (la propia Lola Flores, Ráphael, Julio Iglesias) y que optaron por posiciones tibias, cuando no melancólicas, fue que Pepa Flores irrumpió en los últimos setenta con tanta energía revolucionaria, con tanta pasión castrista, que desconcertó al personal, atrapado eternamente por la imagen de Marisol.

Pechos vendados. Todo había empezado en el 59, cuando el grupo malagueño de Coros y Danzas de la Obra Sindical de Ecuación y Descanso fue a cantar a Televisión Española en Madrid. El empresario cinematográfico Goyanes no sólo se fija en la chiquilla y convence a la familia para que le firme un contrato de exclusividad por diez años, sino que  se la lleva a vivir a su propia casa. Allí recibe todo tipo de clases de danza, de cante y de baile, de música y cultura general, de corte y confección, mientras su madre tuvo que hospedarse en una pensión. La primera película, “Un rayo de luz”, se estrena en septiembre del 60 y a partir de ahí, una cascada interminable de éxitos. Eran comedias musicales cuyos argumentos giraban sobre conflictos familiares, episodios escolares, gamberradas soportables y los inevitables primeros amores. Muchos de nosotros recordamos con más facilidad los nombres de algunas de sus películas (Tómbola, Ha llegado un ángel, Los enredos de Marisol, Búsqueme a esa chica) que la alineación de los reyes godos, cuyos nombres parecían hechos a posta para atrofiar la memoria de los chiquillos. Cromos de Marisol, recortables de  Marisol, vestiditos de Marisol. Nadie fue tan admirado, querido, perseguido y fotografiado como Marisol. Marisol era mucho más que todos aquellos otros niños prodigios que salieron como setas en los últimos cincuenta y sesenta. Mucho más que Ana Belén (que luego se consagraría como musa de cierta izquierda, un papel que tal vez habría deseado para sí Pepa Flores). Mucho más que Joselito, que Pablito Calvo, que Pili y Mili y que Rocío Dúrcal.
Goyanes quiso estirar tanto el filón Marisol que hizo cuanto estuvo a su alcance para retrasar la llegada de la biología. Forma parte de sus recuerdos más amargos y tal vez explique de por qué Pepa Flores quiso sacarse de dentro a Marisol. Este es el testimonio de alguien muy cercano durante muchos años de su vida: “Le he oído contar cómo le vendaban el pecho de pequeña para que en las películas no se le notara que crecía; o cómo tuvo su primera regla en mitad de un acto benéfico y una dama de la caridad le colocó un abrigo por encima para taparla. En su casa no hay nada, nada que recuerde a Marisol, ni siquiera su vestido de novia. La maltrataron, la ultrajaron y a ella le costó mucho quitarse todo ese veneno que llevaba dentro; a lo mejor no se lo ha quitado todavía”.
Enamorada de un maqui.- En el tránsito de Marisol a Pepa Flores se aprecian notables esfuerzos por encajar su voz quebrada, la nueva imagen de mujer tan bella como melancólica. Muy elocuente resulta a los efectos de su nueva manera de ir por el mundo artístico, el premio que obtienen en el año 1977, ya con el nombre de Pepa Flores, en el Festival de Karlovy Vary, en Checoslovaquia, más allá del todavía telón de acero. Pepa Flores obtuvo el premio a la mejor interpretación femenina por su papel de una maestra andaluza que lucha por reencontrarse con su compañero sentimental, miembro del maquis de quien se ha separado por causa de la Guerra Civil española.
La niña preciosa de la vida es una tómbola se nos ha convertido en una maestra que busca a su guerrillero, con el que comparte el amor y la lucha contra la represión de la Dictadura. He ahí los dos papeles de su propia vida. Princesa y comunista. La transición profesional, personal y política de Pepa Flores es un ejemplo paradigmático de nuestro propio cambio social. Ahora, pasados los humores y los amores (Goyanes, Serrat y sobre todo Gades, el padre de sus hijas), cercano el horizonte de los sesenta años, se deja querer por la vida y, por el recuerdo, ya no tan doloroso de aquella niña de todos que se llamó Marisol.


Francisco Romacho es periodista
   
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