23 de octubre de 2017
 

 
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  Manuel Bohórquez
  La Cultura (Sevilla)
  Las voces prohibidas
  Los cantaores de flamenco han sido siempre extraordinariamente individuales. Esto se refleja de manera clara en el coplero tradicional del cante jondo. Pero desde esa privativa actitud individual ha habido artistas que a través de sus coplas han manifestado su desacuerdo con el sistema político del momento. Cantaores como Manuel Vallejo, el Corruco de Algeciras, el Chato de las Ventas o Guerrita se atrevieron a grabar discos con cantes a favor de la República, pagando con la muerte en algunos casos, como el Chato de las Ventas y el Corruco, cuando el golpe fascista de julio de 1936 nos trajo el cruento enfrentamiento entre los españoles, con las consecuencias ya conocidas por todos.
Terminada la guerra, pocos cantaores se aventuraron a ir contra el franquismo, entre otras razones porque no era nada fácil. Algunos ni siquiera lo intentaron, sino todo lo contrario: estaban complacidos con ir a cantar a La Granja para que después les sirvieran unos canapés en la cocina y los obligaran a salir por la puerta del servicio. Esto se hacía con artistas de primera fila, sin que haya que dar nombres que, por otra parte, son conocidos de todos.
A finales de los años sesenta, dos cantaores de La Puebla de Cazalla (Sevilla), José Menese y Manuel Gerena, comenzaron su conflagración particular contra la dictadura. No deja de ser curioso que ambos fueran de un mismo pueblo, de una misma generación y hasta de una misma calle. Por supuesto, de familias humildes y, por consiguiente, explotadas, reventadas de trabajar para sobrevivir.
Cuando en 1968 lanzó la RCA el Romance de Juan García, unos martinetes de José Menese que han hecho historia, escritos por Francisco Moreno Galván, el pintor y poeta comunista de La Puebla, el suelo del sur tembló de cólera contenida porque la voz de Pepe Menese no era una voz cualquiera: era el grito desnudo y lleno de ira de un joven andaluz dispuesto a todo. Enseguida escribió Rafael Alberti desde su exilio romano: “Tan solo penando/, sin saber que un día/, una voz que vino de lejos me consolaría”.
Este mismo año cantó por primera vez Manuel Gerena sobre un escenario. Era electricista y soñaba con ser torero, pero había leído ya Viento del pueblo, de Miguel Hernández, su poeta preferido, y vivido y padecido lo suficiente como para seguir los pasos de su paisano. Aunque con una notable diferencia: mientras Menese cantaba las coplas de Francisco Moreno Galván, él interpretaba sus propias letras. Coplas como la que sigue: “Ábreme las puertas, pueblo/, que mi verso quiere entrar,/ para enterrar la mentira y defender la verdad”. Es de su libro Cantes del pueblo para el pueblo, editado por Editorial Laia en marzo de 1975. Todavía respiraba Franco, aunque asistido mecánicamente.
Rafael Alberti ya celebró con un sentido poema (Coplas para Manuel Gerena) en diciembre de 1971 la llegada al cante de esta voz del sur: “Te llamas Manuel Gerena. ¡Qué bien consuena tu nombre con la pena!”. El gran poeta de El Puerto de Santa María estaba absolutamente al corriente de todas aquellas voces que, desde el cante jondo, comenzaban a luchar por la llegada de la democracia a España.
La otra voz subversiva, desde el cante, era de Granada: la de Enrique Morente Cotelo. Nacido el 25 de diciembre de 1942, desde muy pequeño fue muy independiente y rebelde. Abandonó Granada siendo sólo un adolescente y al llegar a Madrid tuvo que trabajar de albañil, de zapatero, de barbero, y hasta de vendedor. Pero como soñaba con ser cantaor, enseguida supo adentrarse en el ambiente propicio y no tardó en consagrarse en figura del cante jondo.
Aunque no está encasillado en el cante protesta -al menos en la misma medida que Manuel Gerena y Pepe Menese-, pronto decidió que no podía estar al margen de la realidad social y política del país y tomó partido en la lucha contra la dictadura cantando en actos como el que tuvo lugar en Madrid, en 1973, en defensa de los sindicalistas de CC OO del Proceso 1.001.
Ese día habían matado a Carrero Blanco de una manera espectacular, y a Enrique Morente no se le ocurre cantar otro fandango que el que sigue: “Pa ese coche funeral/ yo no me quito el sombrero, / que la persona que va dentro/ me ha hecho a mí de pasar/ los más horribles tormentos”. Como es lógico, la travesura le valió la suspensión temporal gubernativa y una multa de 100.000 pesetas, de las de entonces. Y todo por cantar un fandango que otro cantaor, el jerezano José Cepero, cantaba con frecuencia cuarenta años antes, seguramente movido por la misma rabia.
Han sido muchos más, pero estos tres cantaores se la jugaron muchas veces en defensa de la libertad y de la dignidad humana. Eran las voces prohibidas por el franquismo, que ya es historia. Morente, Menese y Gerena, también, pero siguen cantando, aunque por otras motivaciones y en total libertad.


* Manuel Bohórquez es crítico de Flamenco
   
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