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  21 de junio de 2011
  Antonio Lorca
  El reinado de Paquirri
  Francisco Rivera, Paquirri, fue el rey taurino de Sevilla durante la década de los años setenta. Rey sevillano y la figura más sobresaliente de una época de toreros relumbrantes como Niño de la Capea, Roberto Domínguez, Dámaso González, Julio Robles y José María Manzanares, entre otros. Junto a ellos, mantenían la solera de su magisterio Paco Camino, El Viti, Palomo Linares, el incombustible Curro Romero y el siempre sorprendente Rafael de Paula.
Pero, por encima de todos, Paquirri. Era el más popular, el más poderoso, el torero que nunca se dejaba ganar la pelea. Un triunfador nato.
Sólo así se entiende la conmoción nacional que supuso su muerte, acaecida el 26 de septiembre de 1984, en la plaza de Pozoblanco, a manos del toro Avispado, perteneciente a la ganadería de Sayalero y Bandrés. La dramática imagen del torero gravemente herido sobre una camilla de la desvencijada enfermería de la plaza, que, con frialdad y gallardía, indica a los doctores las dos trayectorias de la cogida, permanecerá por mucho tiempo en la retina de los españoles. Dos días después, Paquirri volvía a la Maestranza para dar una postrera vuelta al ruedo, convertido en un mito y rodeado del cariño de la gente y del morbo que desprendía su matrimonio con una famosa tonadillera, bautizada ya como la “viuda de España”. Ahí, en el ruedo de la plaza sevillana, había impuesto su ley y su dominio en una década (1973-1983) cargada de acontecimientos taurinos, de toreros que dejaron huella y de algunos toros, los menos, que quedaron para el recuerdo.                     
Al comienzo de los setenta se hablaba de la vuelta del toro tras la carrera heterodoxa de El Cordobés, y comenzaba una época en la que la irrupción de los victorinos no impidió que prevaleciera la cantidad sobre la calidad, y el animal descastado e inválido sobre el toro bravo y poderoso. Aún así, la historia de aquellos años está cuajada de triunfos sonados, de despedidas y reapariciones exitosas, de faenas memorables y también de broncas ruidosas que tuvieron como escenario la Real Maestranza de Sevilla.
En 1973 reaparecen Antonio Bienvenida y Luis Miguel Dominguín y demuestran que el arte del toreo tiene poco que ver con la edad. El primero escucha la música mientras toreaba de capote el 15 de agosto y el otro hace el paseíllo en la Maestranza para dar la alternativa a José Antonio Campuzano. Ese es el año en el que se deja de fabricar el Seat 600, ETA asesina a Carrero Blanco, el franquismo comienza su cuenta atrás, El último tango en París se convierte en oscuro objeto de deseo nacional, y comienzan las restricciones energéticas.
Pero, ajena al devenir de los acontecimientos sociopolíticos, la emoción de la fiesta de los toros sigue bullendo en el ruedo maestrante. Así, mientras Manili sorprende gratamente en su presentación como novillero en 1974, Diego Puerta, el paradigma del torero valeroso, se despide el 12 de octubre en un mano a mano con Paco Camino, y Antonio José Galán es elegido triunfador de la feria de ese año y el siguiente por sus brillantes actuaciones ante los toros de Miura.
El 15 de abril de 1977 sale al albero maestrante Comando Gris, un toro de la ganadería de los Herederos de Salvador Guardiola, que ha pasado a la historia como el “paradigma de la bravura”. Tomó cuatro puyazos, y fue un monumento a la casta, la bravura, la codicia y la acometividad. Su matador, Curro Camacho, no pudo estar a su altura y cavó esa tarde su propia tumba como torero.
El año siguiente es el de la consolidación definitiva de Paquirri. Su clamoroso triunfo del 19 de abril lo repite dos días después, tarde en la que un toro de Osborne le desgarra los dos muslos al colocar un par de banderillas.
La década de los ochenta comienza con una faena histórica de Curro Romero que le permite salir por quinta y última vez a hombros por la Puerta del Príncipe. En el 81 reaparece Manolo Vázquez para dar la alternativa a su sobrino Pepe Luis, y alcanza un éxito de clamor en la corrida del Corpus, comparable al conseguido por Paquirri en la feria de ese mismo año.
Espartaco, Paco Ojeda y José Antonio Campuzano son los protagonistas del 82. Los tres cruzan en triunfo la Puerta del Príncipe, y para los dos primeros es la antesala de su consolidación. Espartaco reinará desde el 85 al 95, y Ojeda vivirá en el 83 su año cumbre por su personalísima y revolucionaria concepción del arte de torear. Lucio Sandín perdió su ojo derecho el 12 de junio de 1983 cuando un novillo de Baltasar lo enganchó al instrumentar un natural. El novillero madrileñó había encandilado a la afición sevillana el día de su debut, el 29 de mayo, y paseó tres orejas entre la emoción de la multitud. Tras el grave accidente reaparece el 11 de septiembre y vuelve el 18, y en ambas ocasiones cortó una oreja. Sandín se ganó a pulso el cariño y la admiración de Sevilla por la superación de la adversidad y su toreo exquisito. Ese año toreó cuatro novilladas, consiguió cinco orejas y perdió un ojo. En octubre se despidió de los ruedos Manolo Vázquez en una tarde memorable que compartió con Antoñete. Cortó cinco orejas, Sevilla se lo llevó en volandas por el Paseo de Colón y lo instaló para siempre en el altar de los artistas. Faltaba un año escaso para la tragedia de Pozoblanco…
   
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