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  21 de junio de 2011
  José Aguilar
  Manuel Calvero Arévalo. Andaluz, antes que ministro
  El 18 de enero de 1980 Manuel Clavero viajó en avión desde Madrid a Sevilla. Allí dejaba un Ministerio en el Gobierno que presidía Adolfo Suárez. Aquí le aguardaban el respeto y el cariño de los andaluces y un lugar en la historia de Andalucía: el del hombre que puso los intereses de su tierra por delante del partido al que pertenecía (UCD) y los suyos propios de personaje en el poder.

Apuesta por Andalucía.
No había sido, por supuesto, una decisión fácil. Toda su vida académica y universitaria, desde que con 25 años accedió a la cátedra que ocupara Gil Robles en Salamanca, había estado marcada por una vocación de servicio hacia la cosa pública y hacia Andalucía. Como rector de la Universidad de Sevilla (1971) creó el Instituto de Desarrollo Regional, pero fue en 1976, tras la muerte de Franco, cuando se aventuró directamente en la vida política fundando el Partido Social Liberal Andaluz (PSLA), una organización política moderada y de ideología regionalista que se aprestaba a participar en el proceso constituyente de la democracia española.

Cuando el PSLA, en los albores del cambio de régimen, se integra en la coalición Unión de Centro Democrático, Clavero no pudo ni quiso reprimir cierto sentimiento de nostalgia por la pérdida de identidad de su partido y, de hecho, durante la campaña de las primeras elecciones democráticas, en junio de 1977, su mayor insistencia consistió en rechazar que el autogobierno fuera un derecho exclusivo de las comunidades mal llamadas históricas. La nostalgia resultó también augurio: UCD acabaría negándole ese derecho a Andalucía y, en consecuencia, Manuel Clavero le negó a UCD su propia militancia. Desde el Ministerio para las Regiones durante la gobernación ucedista, Manuel Clavero dedicó sus esfuerzos a hacer realidad esa idea de que el Estado de las Autonomías no se construyera desde el privilegio, sino desde la igualdad y la solidaridad. “Café para todos” fue el lema que resume su obsesión y que, a pesar del éxito final de la tarea, le costó el cargo y muchos sinsabores. Aquí abajo impulsó decididamente el proceso autonómico –suya fue la denominación Junta de Andalucía– y se recorrió Andalucía en pleno verano de 1979, en paralelo al socialista Rafael Escuredo, para lograr que los Ayuntamientos de la región aprobasen ir hacia la autonomía por la vía del artículo 151 de la Constitución: máximas competencias en el tiempo más corto.


Presiones militares y civiles. Tuvo que vencer la resistencia de los sectores más centralistas de UCD, especialmente influyentes en las provincias de Granada y Almería. Lo que quizás no sospechaba es que el enemigo lo tenía en la propia cúpula centrista. Las presiones militares y la acción de desgaste constante de destacados dirigentes del partido gubernamental, incluyendo algunos andaluces, terminaron por convencer a Adolfo Suárez de la conveniencia de frenar el proceso autonómico. En noviembre del 79, el comité ejecutivo nacional de UCD se reúne por fin, después de muchas vacilaciones y desconciertos, y decide, a propuesta de Landelino Lavilla, convocar el referéndum de la autonomía andaluza… y pedir la abstención de los ciudadanos para hacer fracasar la iniciativa que Clavero había estado defendiendo. El ministro de Andalucía se quedó solo en la defensa de Andalucía y, de vuelta al Ministerio, por una de esas metáforas con que la realidad acostumbra a adornarse, permaneció, de madrugada, encerrado cuatro horas en el ascensor. El 16 de enero de 1980 dimitió. El 18 llegó al aeropuerto de Sevilla, sin Ministerio, pero con dignidad. El 28 de febrero Andalucía conquistó políticamente su autogobierno, aunque no superó jurídicamente la carrera de obstáculos en que se había convertido el referéndum. De este modo, como Andaluz con mayúsculas antes que como ministro, acabó su carrera política Manuel Clavero Arévalo, profesor respetado de docenas de dirigentes políticos, catedrático de Derecho Administrativo, nacido un 25 de abril de 1926, en la calle Recaredo, en Sevilla, donde su padre, que regentaba el negocio de harinas de la familia, le enseñó con su ejemplo que más vale la dignidad que la poltrona.
   
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