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  21 de junio de 2011
  Rosa Luque
  Matías Prats. La voz de España
  Nació con el don de la palabra. Y de la voz. Su voz, tan bien modulada y capaz de todos los matices imaginables, ha narrado con pasión la vida de este país, mientras iban sucediéndose cambios históricos y generacionales que en nada afectaron ni a la dicción ni al entusiasmo de este nonagenario para el que hasta ayer mismo la existencia ha sido una sucesión de alegrías y penas enganchadas a un micrófono. Matías Prats Cañete vino al mundo en Villa del Río, su pueblo del alma, en 1913, pero siempre tuvo vocación de cordobés errante, lo que le hizo “recorrer todos los rincones de la tierra molestándoles con mi voz”, suele decir el veterano periodista con su proverbial modestia socarrona. Y lo cierto es que a esta voz universal debe España, casi más que a las propias hazañas de sus protagonistas, tardes gloriosas de toros y de goles, pues se ha dicho que nunca una boca hizo trabajar tanto la imaginación de la gente en aquellas historias de la radio. Matías Prats sabía salpimentarlas hasta el punto de hacer sentir al oyente de sus retransmisiones, o al espectador televisivo que gustara de entregarse al placer de cerrar los ojos, que realmente estaba en el terreno de juego o en el coso taurino. Era la magia personal de quien desde niño supo que su destino habría de estar ligado a un micrófono.

Cerrado acento andaluz.
A Matías Prats, que anda desde hace años recopilando todos sus recuerdos “para dejárselos a mis hijos en herencia”, le gusta comentar ante los jóvenes aspirantes al periodismo audiovisual, para animarlos, que la primera vez que escuchó su voz grabada “casi me da un pasmo, porque no me reconocía”. Y añade que aquel respeto reverencial hacia los medios técnicos del oficio, hoy infinitamente más sofisticados y quizá por eso más intimidantes aún, le ha acompañado a lo largo de toda su larga carrera profesional, hasta el punto de que se ha negado siempre a escucharse a sí mismo en una grabación. “Y eso que iba con pantalón corto –dice– cuando hablé por primera vez en la radio”. Segundo de los cinco hijos de un corredor de cereales y aceites de antepasados catalanes, quien quizá sea el mayor mito viviente del periodismo español no puede tener más humilde entrada en la profesión, pues lo hace como “amigo del corresponsal” de El Defensor de Córdoba en Villa del Río, su recordado señor Soto, un maestro con más de 80 años que además le da clases particulares. Y aquel adolescente de cerrado acento andaluz (nunca superado del todo, pues sabido es que Matías Prats tuvo que recurrir a trucos como sustituir por efes las zetas que no sabía pronunciar) unas veces dicta el artículo a su madre y otras a una amiga taquimecanógrafa que ni por ésas logra seguirle el ritmo vertiginoso de su discurso.
Un amigo de su padre, que a su vez es amigo del director de Radio Córdoba, Federico Algarra, le cuenta a éste que el joven Matías había dado todo un recital poético de su cosecha en el casino del pueblo, subido a una mesa de billar. “Aquello me satisfizo tanto –evoca nostálgico– que fue mi vanidad la que me empujó a seguir por ese camino”. Animado por su madre, “la intelectual de la familia”, se marcha a estudiar a Madrid, y allí, azares del destino, se hospedará en un piso de la calle Fuencarral donde no hay más que colocar un alambrito en una cañería adosado a unos auriculares s oír Radio Madrid, que está al otro lado del tabique. Se planta en la emisora vecina, gana 10 pesetas en un concurso y ya están echados los anclajes de una vocación que poco después lo lleva a Málaga, donde siendo muy joven se presenta a dar un recital poético en Radio Nacional de España, emisora que será testigo de su auténtico debut profesional en la radio y de otro hecho no menos importante en su biografía: allí conoce a Emilia Luque, una locutora de prometedor futuro a la que retira del micrófono tras pedirla en matrimonio. “Nunca quise competencias en la familia”, solía decir quien acabará teniendo en su hijo Matías un dignísimo sucesor.

El No-Do del régimen.
Conoce la televisión desde sus comienzos, la de aquellos pioneros del madrileño Paseo de la Habana. No son fáciles estos años para él que, a pesar del bigote que tanto se lleva en esas fechas, no responde a la imagen del locutor envarado y con pintas de galán de cine que marcan los tiempos. Parapetado desde su juventud tras unas gafas oscuras (de niño, una herida le había dejado como secuela una contumaz fotofobia), reconoce que esos cristales negros “al final acabaron siendo para mí un aliciente distintivo”. Como distintiva fue y será ya para siempre su voz en off en el No-Do, el popular noticiero que llega a dirigir, y que durante décadas transmitió el latido en blanco y negro de España y el mundo, cuando el mundo era para nosotros un lejano paraíso que llegaba en pequeñas ráfagas hasta la butaca de un cine de barrio, antes de la proyección de cada película.

De este modo Matías Prats, que toda la vida ha tenido claro que el poder de un periodista “no está en él sino en el medio en el que trabaja”, se convierte en la voz del Régimen. Así lo explica él sin complejos: “No hice nada más que lo que hizo en España entera el periodista que quería trabajar. ¿Y dónde iba a tener más trascendencia remuneradora y más satisfacciones que en el No-Do? –se pregunta con la prosapia y sinceridad que le caracteriza–. Di grmecanógrafa que ni por ésas logra seguirle el ritmo vertiginoso de su discurso.
Un amigo de su padre, que a su vez es amigo del director de Radio Córdoba, Federico Algarra, le cuenta a éste que el joven Matías había dado todo un recital poético de su cosecha en el casino del pueblo, subido a una mesa de billar. “Aquello me satisfizo tanto –evoca nostálgico– que fue mi vanidad la que me empujó a seguir por ese camino”. Animado por su madre, “la intelectual de la familia”, se marcha a estudiar a Madrid, y allí, azares del destino, se hospedará en un piso de la calle Fuencarral donde no hay más que colocar un alambrito en una cañería adosado a unos auriculares s oír Radio Madrid, que está al otro lado del tabique. Se planta en la emisora vecina, gana 10 pesetas en un concurso y ya están echados los anclajes de una vocación que poco después lo lleva a Málaga, donde siendo muy joven se presenta a dar un recital poético en Radio Nacional de España, emisora que será testigo de su auténtico debut profesional en la radio y de otro hecho no menos importante en su biografía: allí conoce a Emilia Luque, una locutora de prometedor futuro a la que retira del micrófono tras pedirla en matrimonio. “Nunca quise competencias en la familia”, solía decir quien acabará teniendo en su hijo Matías un dignísimo sucesor.

El No-Do del régimen. Conoce la televisión desde sus comienzos, la de aquellos pioneros del madrileño Paseo de la Habana. No son fáciles estos años para él que, a pesar del bigote que tanto se lleva en esas fechas, no responde a la imagen del locutor envarado y con pintas de galán de cine que marcan los tiempos. Parapetado desde su juventud tras unas gafas oscuras (de niño, una herida le había dejado como secuela una contumaz fotofobia), reconoce que esos cristales negros “al final acabaron siendo para mí un aliciente distintivo”. Como distintiva fue y será ya para siempre su voz en off en el No-Do, el popular noticiero que llega a dirigir, y que durante décadas transmitió el latido en blanco y negro de España y el mundo, cuando el mundo era para nosotros un lejano paraíso que llegaba en pequeñas ráfagas hasta la butaca de un cine de barrio, antes de la proyección de cada película.

De este modo Matías Prats, que toda la vida ha tenido claro que el poder de un periodista “no está en él sino en el medio en el que trabaja”, se convierte en la voz del Régimen. Así lo explica él sin complejos: “No hice nada más que lo que hizo en España entera el periodista que quería trabajar. ¿Y dónde iba a tener más trascendencia remuneradora y más satisfacciones que en el No-Do? –se pregunta con la prosapia y sinceridad que le caracteriza–. Di gracias a Dios por haberme llevado hasta allí y a la radio en una época en que se me rifaban todos los medios”.

Procurador en Cortes. Era una época de censuras que no le hacen mella (“No tenían que darme instrucciones –recuerda– era lo suficientemente sagaz para saber lo que podía decir y lo que no”), y la fama de este hombre simpático y generoso crece como la espuma. Su despacho se convierte en un constante jubileo de personas más o menos conocidas –basta con decir que eres paisano para tener el cálido abrazo garantizado– en busca de un empleo para sí o la descendencia. Para todos tiene Matías Prats, y así será ya para siempre, una palabra cariñosa y, en la medida que le es posible, la ayuda con la que al menos parchear necesidades ajenas en unos tiempos en que se carece de casi todo menos de hambre. Tan acentuada llega a ser su faceta populista que desde Córdoba se le propone, ya en los coletazos de la dictadura, presentarse como procurador en Cortes y acepta. “Salí de calle. Hicimos un lema: ‘Ponga usted el voto que Matías Prats pondrá la voz –hace memoria–. Yo hablaba a la Cámara sin restricciones, otra cosa es que me hicieran caso o no; no me he callado por nada del mundo”.

Más tarde, al inicio de la democracia, repite experiencia política como aspirante independiente a senador, pero ya sin éxito. En estos albores de la Transición, Matías Prats se va apartando poco a poco del micrófono. Es una voz muy relacionada con los años del franquismo y muchos creen que su época ha terminado. Pero no soporta la vida apartado del oficio, que no sólo es para él su medio de vida, sino la mejor terapia contra la depresión. Torea como puede la época de vacas flacas hasta que pasa, cosa que no tarda mucho en suceder. Asentada la democracia, el periodismo de este país, y en especial el televisado, sobre todo a la llegada de los canales privados, vuelve la mirada con respeto y afecto hacia el locutor veterano. Y Matías Prats vive una segunda juventud, sentando cátedra entre las nuevas generaciones, hasta mucho después de que el carnet de identidad le aconseje una jubilación definitiva. “Me admiro de no tener aún voz de viejo –decía cumplidos los 87 años–. Y eso que he exigido un sacrificio inmenso a mis pobres cuerdas vocales; debe ser un milagro de San Rafael”.

Incorregible. Entre otras gestas gloriosas, de esa voz temperamental e inconfundible que presentaba tanto a las grandes figuras del balompié y el toreo como a sus adláteres con nombres, lugar de nacimiento y hasta el número del DNI si se terciaba, de este hombre del que no se sabe si alabar más su firme preparación intelectual  o su memoria de elefante se recuerda siempre dos de los muchos goles que cantó: el de Marcelino en la Eurocopa de 1964 y, sobre todo, el de Zarra el año 50 en Brasil, cuya única versión existente fue grabada unos quince años después, al haber sido destruida la cinta original. Pero con la misma admiración se rememora la descripción de una buena estocada, en la que ponía tanto furor que hacía presenciar al oyente de aquellos primeros sesenta la faena como si la estuviera viendo en el televisor que aún no tenía. Sin embargo, Matías Prats ha confesado que íntimamente le satisfacía narrar más una corrida que un partido, por aquello de que era menester echarle más arte al asunto. Lo que no significa que desdeñara recrear con todo detalle una jugada memorable o lo que encartara. Y es que el micrófono no sólo ha sido para él “un desatador de la palabra”, sino su perdición. Lo ilustra una significativa anécdota ocurrida en 1982, durante la visita de Juan Pablo II a Sevilla, única ocasión en que los Matías Prats, padre e hijo, –que en 1996 comparten el Premio Ondas, uno como símbolo del pasado de la televisión y el otro de su futuro– han trabajado juntos. Ambos Matías preparaban sus respectivas intervenciones en silencio. “Harto de la tensión, le pregunté cómo íbamos a hacer la transmisión –contaba Matías hijo al periodista Álex Martínez–, y mi padre me dijo ‘Tranquilo, tú comienzas y cada vez que yo quiera decir algo te hago una señal para que me des paso’. Comencé la transmisión y al minuto vi que me hacía una señal. Le di paso... y ya no dejó de hablar en las dos horas y media que duró el acto”. “Le dije, anda, déjame que diga las primeras palabras para presentarte, que tú necesitas más que te conozca el público –argumenta el padre en su descargo–. Pero me entusiasmé tanto que se me olvidó devolverle el micrófono”. Incorregible Matías Prats.
   
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