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  24 de junio de 2011
  Rosa Luque
  Ernesto Caballero. El hombre con muchos nombres
  Nace con el carné del Partido Comunista bajo el brazo, una herencia familiar que a Ernesto Caballero Castillo, máximo dirigente del PCE en Córdoba durante los años de la clandestinidad y la Transición, le cuesta cárcel y un sinvivir en sí, de tanto escudarse en identidades falsas no sólo para protegerse él, sino a toda la organización. Víctima de aquellos tiempos sin voz, este histórico de la izquierda, jubilado oficialmente de la política activa en 2000, al cumplir 65 años, lamenta que algunos crean “que la lucha empezó con Izquierda Unida, cuando viene de largo recuerda– y se debe a gente anónima”.

Marca de la casa.
De pocas personas puede decirse que les
haya marcado tanto el lugar de nacimiento como a Ernesto Caballero. Y es que viene al mundo (el 9 de mayo de 1935) en el seno de una familia obrera de Villanueva de Córdoba, “pueblo de grandes terratenientes –dice– y de gente, en su inmensa mayoría, de escasos recursos económicos, y a su vez rebeldes”. En Villanueva se forma a principios del siglo XX un grupo fuerte de jóvenes socialistas que en 1920 serán fundadores del Partido Comunista y algunos de ellos líderes del PCE a nivel nacional. Entre estos jóvenes inconformistas está Julián Caballero, padre de Ernesto, que llegará a ser alcalde de la localidad durante 1938 y 1939.

Al finalizar la guerra, el padre de Ernesto se queda en la Sierra cordobesa, donde crea un grupo de resistencia en defensa de la República, la III Agrupación Guerrillera, “que ejercía una actividad política, nada de excesos violentos”, puntualiza el hijo. Pero en 1947, como consecuencia de una delación, la Guardia Civil sorprende a casi todo el estado mayor de la Agrupación en la finca denominada La Huesa, en el término de Villaviciosa. Se entabla un tiroteo y muere Julián. Su esposa, Dolores Castillo, terminada la contienda civil sufre prisión y otras represiones, como tantos familiares de aquellos maquis, víctimas indefensas de continuas humillaciones e incluso paseos de los que nunca se regresa. Ernesto y sus hermanos quedan a expensas de la caridad ajena y el ingenio propio. “Cuando soltaron a mi madre sólo pudo recogerme a mí, no pudo llevarse a los otros cuatro hijos –relata con dolor–. Aquel día me fui con ella a meter rastrojos en un saco para hacer el jergón donde íbamos a dormir”.
Ese entorno opresivo inflama su conciencia social, lo que se traduce en su incorporación en 1957 al PCE, donde desde el primer momento juega un papel destacado. Pero antes trabaja de pastor, se hace ayudante de fotografía y herrero en su pueblo, hasta que la madre consigue reunir a todos sus hijos y se trasladan a Córdoba. Con 16 años el joven Ernesto se coloca de albañil, oficio que ve interrumpido en 1960, cuando no le queda más remedio que salir huyendo para evitar que lo detengan.

Huida en bicicleta. Tras una redada de la policía, escapa en bicicleta desde Córdoba a Madrid, y en la capital de España conecta con la organización. En octubre, al mes de salir de Córdoba, pasa por primera vez clandestinamente a Francia, y en noviembre regresa para reorganizar el partido, cosa que hace desde Puente Genil durante un par de años. “Fue hasta que la Guardia Civil, que me consideraba un sujeto muy peligroso –afirma–, redobló mi búsqueda coincidiendo con una revuelta agraria que hubo por esas fechas”. Los camaradas piensan que no debe seguir en Córdoba y se marcha a Málaga, donde permanece hasta 1966 poniendo orden al partido en esa provincia y en las de Jaén y Granada. En esta época de incertidumbres atiende por Pedro o por Jorge, aunque para la documentación falsa –son continuas sus idas y venidas de Francia– recurre al nombre de Gregorio, seguido naturalmente de apellidos ficticios. “Una vez me pasó una cosa graciosa en Málaga –sonríe haciendo memoria–. Estaba una cosa graciosa en Málaga –sonríe haciendo memoria–. Estaba hospedado en casa de una señora que alquilaba habitaciones; me acompañaba un camarada para el que yo era Jorge, pero claro, a ella le di el nombre del DNI. Y me dice el camarada en tono cómplice: ‘Hay que ver, soy el único de Málaga que sé cómo te llamas’. Y yo dije para mí: sí, sí...”.
Casamiento, clandestinidad y cárcel. Se casa en Francia, o mejor dicho se arrejunta (“La verdadera boda no llegó hasta que Julián, nuestro primer hijo, tenía once años”, dice). Poco antes de eso, una noche está con su novia en el cine de verano del Naranjo –popular barrio de la capital donde sigue viviendo–, “viendo precisamente La importancia de llamarse Ernesto, mira por dónde”, cuando le avisan de que se habían producido nuevas detenciones, así que sale del cine y no vuelve a ver a su compañera hasta pasados seis años. Hasta que ella se entera de que Ernesto está en Francia y se encuentran en París. Nueve días les dura la luna de miel. Ernesto ha de regresar a Málaga (“Hubiera sido muy difícil romper el engranaje que teníamos de citas, muy parecido al que se ve en las películas”, reconoce). Pero no llega a la capital costera ya que le detienen a mitad de camino, en Barcelona. Pasará tres años en prisión, pasando por la cárcel Modelo, Carabanchel, Palencia, Zaragoza y Soria, de la que sale en libertad.

En ese tiempo convive con dirigentes del PCE y de Comisiones Obreras tales como Marcelino Camacho, Julián Ariza, Nicolás Sartorius, Gerardo Iglesias, Víctor Díaz Cardier, José Luis López de la Calle y otros muchos. A los trece meses es detenido de nuevo, y pasa otros veinte meses en cautividad en las prisiones de Jaén y Granada. Así describe el veterano comunista, hombre de perfil sereno, incluso frío (engaña también su apariencia callada, porque metido en faena es un narrador nato) las angustias de entonces: “De joven presumía de no conocer el miedo, sólo por vergüenza de reconocer que lo tenía –admite–. Lo importante es superarlo y no desmoralizarse, porque si no qué apoyo vas a ofrecer a los que debes ayudar”.

Desafío. Cuando recobra la libertad actúa en Córdoba en representación del PCE de manera abierta ante las asociaciones y personalidades de la izquierda que se mueven en torno al Círculo Juan XXIII, marco en el que se da a conocer la Junta Democrática de la que él forma parte. Ésta es la primera ocasión en la que habla en público en nombre del partido, con la policía delante, y Ernesto Caballero la recuerda así: “Me habían llamado a comisaría para asustarme, pero les espeté que ya había cumplido una condena por comunista, que había salido más comunista aún –les desafía– y que no tenían derecho a meterme miedo”. Guarda un excelente recuerdo de aquellos años de transición, tiempos en que se vivía apasionadamente el momento “por el gran deseo de que acabara el franquismo –sostiene–. Había comunicación y amistad entre la izquierda”.
De talante dialogante –aunque nunca se ha callado una opinión cuando creía que debía darla–, muchos miembros de su organización ven pronto en él a la persona que mejor puede cohesionar criterios, por lo que ha sido constante y decisiva su presencia en las distintas instancias del partido.

Ya en la legalidad, es elegido secretario político del Comité Provincial del PCE. Desde 1965 forma parte del Comité Central, siendo igualmente miembro del Comité Central del Partido Comunista de Andalucía (PCA) y, más tarde, al crearse de la mano de Julio Anguita Convocatoria por Andalucía y después Izquierda Unida-Convocatoria por Andalucía (IU-CA) es elegido coordinador provincial, siendo sustituido más tarde por Manuel López Calvo. Se convierte asimismo en miembro de los consejos andaluz y provincial de Izquierda Unida-Los Verdes-Convocatoria por Andalucía (IU-LV-CA).

Sentado en el hemiciclo. Paralelamente a las tareas orgánicas, que siempre han sido las que más le han satisfecho –no le importa reconocerse a sí mismo como un hombre “de aparato”–, Ernesto Caballero mantiene una intensa representación institucional. En 1982 es elegido diputado autonómico, cargo que ocupa en el Parlamento andaluz hasta 1989. Ese año pasa al Congreso de los Diputados, donde permanece hasta abril de 1993. “Cuando me senté por primera vez en el hemiciclo tuve una  sensación muy fuerte –reconoce–. Pasaron por mi mente muchas personas que se habían quedado en el camino, y sentí que era esa gente la que estaba allí sentada a través de mí”.
Por eso, en memoria de todos aquellos olvidados, Caballero no oculta ya en tiempos recientes su malestar ante ciertas declaraciones de algunos compañeros, que o bien critican “el sucursalismo que IU ejerce respecto al PCE” (Herminio Trigo, ex alcalde comunista de Córdoba y hoy en las filas socialistas) o “el olor a rancio” de la formación de izquierda (Rosa Aguilar, destacada dirigente nacional de IU y primera mujer que, en 1999, asume la Alcaldía de la ciudad). “No es correcto pretender que el PCE e IU sean siempre iguales; hay que hacer una renovación de talantes, de formas –replica él, refiriéndose a las más recientes figuras del partido, incluido Julio Anguita, sin nombrarlas–. Pero es necesario escuchar a las bases sobre los dirigentes que se creen el ombligo del mundo, salvapatrias que suelen acabar mal”.


   
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