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  28 de junio de 2011
  Antonio Galán
  Antonio Hernández Mancha. La promesa de la derecha
  Este extremeño-andaluz se forja desde Córdoba una fulgurante carrera política, llena de altibajos, desde 1979 hasta 1989, que le lleva a liderar la derecha española. Con su juventud, su flequillo de visera y su tempestad léxica, ágil y llena de gracejo, aporta unos nuevos modos a las filas conservadoras de la gomina y de los grandes barones. Eso sí, siempre a la sombra del todopoderoso Manuel Fraga, que primero lo aúpa a lo más alto del partido como presidente nacional y dos años escasos después lo defenestra para volver a tomar él mismo las riendas del PP.

Un nuevo estilo de la derecha.
Antonio Hernández Mancha, de astucia innata, con porte de niño relámpago en la escuela y de sempiterno número uno en las oposiciones, ha vivido entre las leyes, por las leyes y para las leyes, al igual que seis de los ocho hermanos que componen su familia. Es sobrino del ex presidente de las Cortes Antonio Hernández Gil. Con 22 años se licencia en Derecho y antes de los 25 logra una plaza de abogado del Estado con destino en Córdoba. Aquí también ejerce como profesor auxiliar de Derecho Civil en la Universidad. Pero, sobre todo, Hernández Mancha es un animal político. Antes de acceder a la presidencia nacional de su partido en febrero de 1987 ya acumula una larga trayectoria política: presidente provincial y regional de Alianza Popular, parlamentario andaluz, senador y vicepresidente nacional de AP. Sin embargo, paradójicamente, no logra acceder al núcleo profundo del poder, dominado por las vacas sagradas del partido.

Nacido en Guareña (Badajoz) el 1 de abril de 1951, casado y con dos hijos, Hernández Mancha descubre su vocación política en su época de estudiante en la universidad. En 1976, cuando se crea Alianza Popular entra en el partido y, desde entonces, es candidato en las elecciones generales de 1977 y 1979 con escasa fortuna. Pretendía un puesto en el Congreso por Córdoba. Sin embargo, su primer cargo electo llegaría en 1982, con el resurgimiento de Alianza Popular en Andalucía. Uno de sus 17 diputados es Hernández Mancha. A partir de este año, tras el desplome de UCD, este joven abogado, de verbo fácil y de mente muy organizadora, levanta el partido en Córdoba desde la sede de Eduardo Dato, le da una imagen de pantalón vaquero cercano y se perfila ya, él mismo, como uno de los más firmes candidatos a gobernar el futuro de AP. A principios de 1984, y tras ser nombrado en el congreso nacional de su partido, en Barcelona, vicepresidente nacional, vuelve eufórico al Sur a la búsqueda de “nuevas personas y nuevas ilusiones”.

Con motivo del congreso provincial, donde ha de decidirse la sustitución de Hernández Mancha, que anuncia que no se presentará a la reelección como presidente, aparecen las primeras luchas y disensiones. Por cierto que a la cabeza de la comisión gestora que había de organizar la celebración del Congreso aparece el nombre del joven abogado Diego Jordano. Para la sustitución de Hernández Mancha, que se va a ocupar la presidencia del comité regional, se barajan los nombres de Manuel Renedo, Francisco Vilavert, Francisco Romero Cabezas y Enrique García Montoya. Francisco Vilavert sería el elegido. Por este tiempo aparecen las primeras fisuras en el partido entre los hombres de la política provincial –representados por Renedo y Mancha– y por los de la local, al frente de los cuales están Joaquín Fayos y Antonio de la Cruz.

La crisis de Córdoba.
En junio de 1986, Hernández Mancha vuelve a ser elegido parlamentario andaluz. En esta ocasión se presenta por Sevilla y es candidato de Coalición Popular (en la que se integra AP junto con el PDP) a la Presidencia de la Junta de Andalucía. Por esta época ya empieza a domesticar su indomable flequillo juvenil para adaptarlo a una estética más conservadora. Curiosamente, Córdoba presenta en esa ocasión como presidenciables a la Junta a cuatro líderes: Julio Anguita, Antonio José Delgado de Jesús, Luis Marín Sicilia y Antonio Hernández Mancha. Con  motivo de las fuertes tensiones en la confección de las listas de AP y tras los malos resultados en esas elecciones, se desencadena una de las crisis de mayor envergadura de Alianza Popular en Córdoba. El presidente provincial, Vilavert, anuncia su dimisión para forzar un congreso provincial extraordinario. Para la elección suenan los nombres del propio dimitido, además de Ricardo Vaamonde, José Palma y Diego Jordano. El congreso elige a este último como cabeza del partido. Por esta época Joaquín Fayos es expedientado, lo que motiva la práctica dimisión de toda la junta local –antes lo habían hecho los jóvenes de Nuevas Generaciones– y Hernández Mancha se ve obligado a acudir de apagafuegos. Finalmente Fayos, Vilavert y, más tarde, Antonio de la Cruz, abandonan el partido.

La imparable ascensión de Hernández Mancha en su partido lo convierte en una estrella de la política nacional. A finales de 1986, Fraga sorprende con su renuncia irrevocable tras los malos resultados con sólo 105 escaños en las generales y, con 35 años, el joven abogado se presenta como candidato para dirigir Alianza Popular. En una conferencia pronunciada en el exclusivo Club Siglo XXI de Madrid declara que la entonces postración de la derecha española  se debía a “un absurdo complejo de inferioridad frente a la izquierda, que ha conseguido, con hábiles manejos, adueñarse de la modernidad como propia característica definidora y como autora de progreso” y concluía que “Alianza Popular es la columna vertebral de la única alternativa razonable al actual poder (en manos entonces del PSOE, que revalida ese año la mayoría absoluta con Felipe González )”. El 7 de febrero de 1987, Hernández Mancha es elegido nuevo presidente nacional de AP en el congreso del partido por 1.930 votos frente a los 729 obtenidos por su contrincante, Miguel Herrero de Miñón. Acompañan en su candidatura a Hernández Mancha dirigentes muy próximos a Fraga como Arturo García Tizón, Gerardo Fernández Albor, Romay Becaría y Alberto Ruiz Gallardón

Líder de ida y vuelta.
Sin embargo, la margarita política de Hernández Mancha se marchita pronto. No dura ni dos años al frente de Alianza Popular. Uno de sus fallos más estrepitosos es la presentación de una moción de censura en abril de 1987 contra el Gobierno socialista, con una holgada mayoría absoluta de 184 parlamentarios. Obviamente, AP no perseguía desbancar a Felipe González, sino repetir la maniobra que éste había jugado magistralmente a Adolfo Suárez en 1980 (Suárez se impuso en la votación pero González fue el vencedor y dos años más tarde arrasaría en las urnas con 202 escaños).

Derrotada la moción de Hernández Mancha, las previsiones del candidato popular no sólo no se cumplieron, sino que fue su suicidio político. A partir de ahí empieza a encontrarse cada vez más escollos en su partido y Fraga, en un golpe de mano, le arrebata de nuevo la presidencia del partido en enero de 1989, en el IX Congreso de esta formación, para refundarla con el nombre de Partido Popular y traspasarle el mando pocos meses después a José María Aznar. Hernández Mancha deja el cargo criticando la actitud “cicatera” de algunos dirigentes de su partido hacia él. Desde entonces desaparece de la política activa y se dedica profesionalmente a la abogacía desde un influyente despacho en Madrid.
   
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