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  22 de julio de 2011
  Juan Antonio Ruiz
  José María González Ruiz. Un teólogo comprometido con la sociedad
  El reciente fallecimiento del teólogo malagueño, nacido en Sevilla, José María González Ruiz, ha servido para reconocer a un adelantado de su tiempo, hasta el punto de haber pensado, en varias ocasiones, abandonar la Iglesia, según reconoce en su libro Memorias de un cura: Antes de Franco, con Franco y después de Franco.
Junto a su importante labor profesional, fue una persona comprometida con los problemas sociales, que le llevaron a tener problemas tanto con las autoridades civiles como religiosas de la época, reconociendo que “fui de los primeros que, sólo en su condición eclesiástica, luchó a favor de las libertades, arrastrando las consecuencias del recelo franquista”

González Ruiz nació en Sevilla en 1916, sobrino del que fue obispo de Málaga, luego beatificado, Miguel González. Estudio en Sevilla, e ingresó en el Seminario de Málaga, donde tuvo “una experiencia durísima. Tuve que convivir como chico de capital con rudos campesinos, me resultaba insoportable”. No obstante, “ de una manera confusa pensaba que yo quería ser cura de otra forma muy distinta. Pero me guardaba muy bien de protestar por temor a que me echaran atrás”. Del Seminario tuvo que huir tras los sucesos Málaga de 1931. De allí se traslado a Palencia donde estaba su tío Miguel González quien le propuso ir a estudiar a Roma.

Realizó estudios bíblicos en Roma. Una vez finalizado sus estudios en la capital italiana y finalizada la Guerra Civil, fue ordenado sacerdote en Palencia por su tío, que  fallecería poco tiempo después. A continuación regresó a Sevilla, donde tuvo un choque brutal con la realidad “fue la única vez en la vida que sentí la tentación de romper con la Iglesia”, recuerda esta etapa entre 1945 y 1948. “Cuando me destinaron a Triana descubrí algo desconocido para mi, la grandeza del alma de los pobres. Me di cuenta de que más frecuentemente de lo que hubiera yo imaginado los curas explotaban a sus feligreses pobres… En esa época, dentro de mi interior ser  fue incubando una fuerte y profunda rebeldía contra la sociedad en cuyo seno había nacido”.

En esta situación, José María González “tenía que reconocer sinceramente que mi vocación era típicamente intelectual”, y para llevar adelante sus propósitos “tenía que contar con una realidad ineludible… el tinglado eclesiástico al que pertenecía. No podía ni debía evadirme de él”. Por ello decidió que “lo mejor era hacer oposiciones a la Canonjía Lectoral de Málaga, que hacía años que estaba vacante.. Al fin y al cabo, una vuelta a Málaga me apetecía muchísimo. Allí había vivido los mejores y más decisivos años de mi adolescencia y juventud”.

Ganó las oposiciones y comenzó a dar clases de Sagrada Escritura en el Seminario de Málaga, sin embargo “encontraba dificultad e conectar intelectualmente con mis alumnos: los encontraba demasiados infantiles y excesivamente preocupados pro problemas internos del gueto”.

Sus posicionamientos tanto religioso como sociales le sacó de Málaga durante algún tiempo, A finales de los años 50, según González Ruiz “algo comenzó a bullir en toda la realidad española. De pronto descubrí que los alumnos de aquellos años eran completamente distintos. No eran nada clericales. Tenían una buena cultura en general, estaban al día de los grandes pensadores y de los principales acontecimientos, eran  más hondamente religiosos, más maduros, y, sobre todo, tenían una preocupación social”.

Una de las principales etapas del teólogo fue el Concilio Vaticano II, aunque recuerda que los años anteriores al concilio estuvieron llenos de encuentros policiales llevados a cabo por agentes oficiales –como eran las nunciaturas- o por confidentes que podían serlo los que menos imaginábamos”. Por instinto de supervivencia “empecé a sospechar que detrás de las declaraciones, aparentemente sinceras y hasta paternales de mis superiores, había motivos inconfesados e inconfesables, y que por tanto, a espaldas mías se tramaba un proyecto  referente a mí, que yo no podía conocer directamente, sino,  a través de sospechas, chismes y confidencias”.

Destaca que “ a partir de ese momento, empezó una guerra sorda y sublevación, que puso a prueba mi ya frágil sistema neurointerpretativo. A los seminaristas se les prohibió formalmente, tener relación conmigo fuera de la estrictamente necesaria de las horas de clase”.
Por si fuera poco, la Iglesia española, en 1960, le abrió un pliego de cargos con 27 ‘herejías’, de lo que tuvo conocimiento de forma indirecta. A partir de entonces el teólogo comenzó lo que calificó como “éxodo inconfesado”. Así señala que en septiembre de 1962, cuando regresaba de Alemania unos amigos le dijeron que por encargo de la Congregación de Seminarios y del Santo Oficio, “la nunciatura estaba confeccionado una lista de los estudiosos bíblicos más peligrosos entre los cuales, y no de los últimos, estaba yo. Esto me  produjo una desolación, Me sentía empujado por la misma iglesia a salir fuera de sus fronteras”.

“Sin embargo, –recuerda- mi conciencia no me daba el visado para abandonar la Iglesia. A pesar de la angustia no dejé de rezar, y así decidí irme dos o tres años a una diócesis de América Latina”. Para ello se puso en contacto con un obispo del lugar, pero ocurría que en aquellos momentos se preparaba el Concilio Vaticano II, y el obispo estaba entonces en Roma preparando dicho concilio.

Concilio Vaticano II. Al final González Ruiz participó de forma activa en el Concilio, con aportaciones que le fueron reconocida por mucho de los participantes y de pensar antes que de dicho encuentro “no esperaba nada… aún más creía que quedaría en un simple ballet de miras”,  destacó que “el Concilio Vaticano II fue para la Iglesia un fenómeno verdaderamente revolucionario, que la sacudió en profundidad y la despertó de un letargo en el que permanecía sumida desde hacía nada menos que catorce siglos”.    A partir de entonces, José María González Ruiz fue llamado desde todas partes para participar en charlas, conferencias, coloquios etc., lo que no era muy bien visto por las autoridades españolas, hasta el punto de que estuvo a punto de ser condenado en 1968 por el Tribunal de Orden Público (TOP) por un delito de “información peligrosa”, por el artículo “El cristianismo y al Revolución”, que apareció en los números 490 y 491 de la revista de al HOAC.  El fiscal le pedía tres años de reclusión mayor y una multa de 10.000 pesetas. Finalmente, fue absuelto y el juez ordenó que  se destruyeran todos ejemplares incautados.
En esos momentos vivía en un pequeño apartamento en Madrid, por donde pasó toda la oposición española, entre ellos Felipe González a quien conocía desde que era estudiante.
En 1973, el teólogo regresó a Málaga y ciudad “donde no se habían olvidado de mí los que creían que era un cura rojo peligroso. Decía todos los domingos misa a las 12 en la Catedral. Yo notaba que siempre había un grupo sospechoso que se ponía cerca del ambón para escuchar muy atentamente… Por eso tomé precauciones: Previamente escribía la homilía y me llevaba a la catedral un magnetófono para grabar la homilía. También el día anterior entregaba al obispo una copia, para que estuviese preparado ante posibles acusaciones”.

En una homilía dominical pronunciada en 1973, González Ruiz reprobó el uso de la violencia en general, tanto en el caso de que se ejerciera contra la autoridad, como si era la misma autoridad la ejercía.

En sus memorias informa de que un domingo, mientras predicaba se oyeron voces, luego me dijeron que desde el grupo “me habían injuriado… Parecía que había una febril agitación contra mí, y un estudiante que yo conocía me dijo que había un grupo esperándome y diciendo ‘a ese le rompemos lo c…’ Tuve miedo, y previne que en un determinado sitio me aguardara mi hermana con su coche, y yo salí por una puerta excusada del templo”.

Pero ahí no se acabaron los acontecimientos, ya que al día siguiente se presentó en su casa “un famoso policía con un documento para que me presentara en el Gobierno Civil, y tras consultar con el obispo primero me dijo que no fuera”, aunque luego cedió Finalmente, el Gobierno Civil de Málaga le impuso una multa de 100.000 pesetas por “una homilía subversiva” pronunciada en la Catedral”.   

Otro de los acontecimientos que marcaron la trayectoria del González Ruiz en Málaga fue la manifestación pro amnistía, celebrada en Málaga el 4 de junio de 1976, y aunque “siempre me he resistido a participar en actos políticos de tipo partidista…, no dudé en ningún momento en sumarme activamente a la manifestación”.

Al llegar a la catedral pusieron una pancarta citando el texto que sobre la amnistía Jesús recitó en la sinagoga de Nazaret. Esto provocó un escándalo y le volvió a traer problemas porque “todavía los residuos de la dictadura vieron con malos ojos esta presencia eclesial en algo tan evangélico como el intento de reconciliación entre hermanos, tras tanto tiempo de lucha fraticida”.
El obispo de Málaga entonces Ramón Buxarrais, dijo sobre José María González Ruiz que fue “como una respuesta a la gente muy inquieta  y avanzada, que iba a sus misas a escuchar sus homilías, leía sus artículos, iba a su casa o le invitaba a sus reuniones. Un sector de la Iglesia malagueña, muy avanzado se sentía apoyado, orientado y animado por él”, y añade el teólogo que por su edad y por su posición, podía considerarse atípico en la sociedad malagueña.
   
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