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  22 de julio de 2011
  Luciano González Ossorio
  Braulio Muriel López. Utópico e idealista
  Tenía pinta de quijote, y a fe que lo era. Alto, delgado, barba rala en perilla transformada, mirada azul y, a pesar de las lentes, penetrante, fue por la vida combatiendo injusticias, librando batallas, verdaderas aventuras, “desfaciendo entuertos”, supliendo con su compromiso social carencias ajenas. Demócrata  progresista y solidario, su empeño parecía que no podía ser otro que salvar el mundo. Fue utópico e idealista por encima de todo. Así ví  a Braulio Muriel,  en particular en sus últimos años en los que trabajé con él en Pangea, la ONG que él fundara allá por 1994.

En un rápido recorrido por la ciudad de Málaga podemos toparnos con dos recordatorios del paso de Braulio Muriel por la ciudad que lo acogió. Subiendo hacia San Antón por El Palo junto al Arroyo Jabo-neros, salida por el barrio  San Isidro, rodeamos una Glorieta dedicada al Senador Braulio Muriel, como si fuéramos a la casa que él habitó muchos años en aquellos entornos. Y en la Plaza de la Paula, en Cruz Verde, barrio deprimido con viviendas sociales, el Centro Social Braulio Muriel de Pangea pone a las claras su labor a favor de los más desfavorecidos en la última etapa de su vida. Ambas dedicatorias, la glorieta y el centro social, son resumen de sus principales actividades con proyección pública.

Porque, además de su actividad comercial desarrollada durante toda su vida en el establecimiento de objetos de regalos famoso que tenía en la Plaza Uncibay, Braulio Muriel fue Senador por Málaga en la primera legislatura, formando parte del grupo parlamentario Progresistas y Socialistas Independientes, en la candidatura “Por un Senado Democrático”.  Llegó como independiente y se fue por independiente. Su espíritu libre e indisciplinado no le permitía someterse al rigor de  grupo ni partido alguno. Año y medio duró aquella aventura política. Del 15 de junio de 1977 al 2 de enero de 1979. En el tardofranquismo fue uno de los impulsores de la lucha a favor de la democracia en Málaga en la clandestinidad y uno de los promotores y fundadores de la Junta Democrática de Málaga. Ocupó el cargo de secretario de Organización y portavoz de Coordinación Democrática de Málaga; pero no quiso afiliarse a ningún partido. Ni siquiera mientras fue Ssenador. Después alguien se empeño en hacerlo del PSOE, pero le duró poco su afiliación. Era muy rebelde.
Y esa rebeldía se transformó en inquietud ante tanta injusticia, tantas diferencias sociales, tantas carencias y le llevó a orientar sus años posteriores a dedicarse a una eficaz y hermosa tarea solidaria, a favor del tercer mundo, de los desfavorecidos, de los ancianos, de los desvalidos que le quitaban el sueño y por ellos daba su vida, su tiempo y su dinero. Dejó una herencia de hermosas obras y largos compromisos. Primero, aquella Plataforma solidaria con Ruanda, tocando la fibra generosa del pueblo malagueño volcado en una campaña sin igual, para remediar lo irremediable. “Mil pesetas, una vida”: era el slogan. Ciento cuarenta millones de pesetas salvarían alguna. Después, las ONGs que llevarán siempre su nombre por ser realidades absolutamente suyas: Pangea Solidaridad, para mirar sin horizonte final a todos los humanos; y el Banco de Alimentos, para remediar hambres cercanas. Cuanta pobreza ignorada y silenciosa, amortiguada por su entrega y su valor. Después, otros proyectos de desarrollo integral en El Salvador, clínicas móviles en Marruecos, y Talleres en el Hogar de Mayores en Cruz Verde... El Ateneo malagueño, del que fue socio desde los primeros años de su fundación, reconoció su labor concediéndole la Medalla de Oro de la institución.

Agnóstico comprometido con el ser humano hasta su muerte, el sentido de la solidaridad fue el motor sin freno de su vida. El ser humano desvalido era su dios y a él dedicó vida y pensamiento.
   
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